POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

GACETA POSF-POWB

15-05-22

 

QUÉ LEER

 

“Tratados de armonía”, Editorial Siruela, de Antonio Colinas. El poeta leonés reúne en esta obra sus apuntes y meditaciones. El volumen contiene un tratado inédito que incorpora una larga lectura de Boris Pasternak y notas de un intenso viaje a Jerusalén.

 

PREGUNTAS AL POETA ANTONIO COLINAS

¿Qué libro le hizo querer ser poeta?

La Segunda antolojía poética (1898-1918), de Juan Ramón Jiménez. La primera década del siglo de su poesía siempre me entusiasmó, sin demérito de la última, tan depurada y profunda.

 

¿Qué poema ajeno le habría gustado escribir?

Sería petulante decir que las “Coplas” de Manrique, el “Cántico” sanjuanista o las “Alturas de Machu Picchu”, de Neruda.

 

¿Qué aprende un poeta traduciendo?

A salvar el espíritu del poema. Para traducir poesía no basta la versión simplemente “literal”. Esta sería una traducción muerta.

 

¿Y escribiendo las notas y aforismos de un libro como Tratados de armonía?

Aprende a conocerse a sí mismo y a los demás. Es un largo viaje interior, el testimonio de una vida y de una obra a contracorriente siempre de lo que hoy se nos impone.

 

¿Se atrevería a definir armonía en una frase?

El estado de armonía es algo nada fácil: es el hallazgo de la plenitud de ser; pero después de pasar por la dificultad y de todo tipo de pruebas. Nada que ver con lo evanescente o la pasividad.

 

¿Cómo resuena la invasión rusa de Ucrania en su lectura de Boris Pasternak?

Sí, mis páginas sobre Pasternak pueden ser de una gran actualidad, pues revelan la independencia del intelectual frente a la barbarie de las ideologías extremadas y las guerras.

 

¿Qué adjetivos aplicaría a cada uno de estos lugares, decisivos en su obra: Italia, Ibiza, el noroeste peninsular, Extremo Oriente, Medio Oriente?

Sucesivamente: lo bello verdadero, el espíritu mediterráneo, el territorio siempre arraigado del origen, la sabiduría perenne, la extremada dualidad de la luz del conocer y de las sombras del padecer.

 

De no ser escritor le habría gustado ser...

Un jardinero, un leñador, un arqueólogo; algo relacionado con la tierra. Decir que un músico ya sería pedir demasiado. Solo la música está a la altura de la poesía en la creación.

 

¿Cuál es la película que más veces ha visto?

Quizás la versión original y completa de Il Gattopardo, de Visconti. Me entusiasma todo el cine italiano.

 

Si tuviese que usar una pieza musical como autorretrato, ¿cuál sería?

Las “Variaciones Goldberg” , de J. S. Bach, o su “Cantata 140″, o cualquier otra pieza suya que llevó el humanismo musical a la cima más alta.

 

¿Qué suceso histórico admira más?

La etapa fundacional de la América hispana, la de esas obras que nos revelan las universidades, los hospitales, las bibliotecas, los colegios, una arquitectura civil, que allí quedaron.

 

¿Qué está socialmente sobrevalorado?

El artificio frente a lo profundo, el “producto” frente al fruto, el “todo vale” frente a los valores.

 

¿A quién le daría el próximo premio Nobel de Literatura?

Sería pretencioso, o me equivocaría, nombrando a un candidato entre tantos merecedores. Por eso, permítame que le recuerde aquí a algunos de los poetas que ya lo obtuvieron: Juan Ramón, Quasimodo, Seferis, Perse….

 

*EN POCAS PALABRAS, BABELIA, EL PAÍS, 07-05-22.

 

GRITEMOS AL UNÍSONO: ¡NO A LA GUERRA!

 

“Me llamaba “mi señora mamaíta”, “mi preciosa mamaíta”.


»—Pues bien, mi preciosa mamaíta, tu hijo ha sido admitido en la Academia Militar Superior de Smolensk. ¿Estás contenta? »Se sentó al piano. ¡Señores oficiales, la sangre azul! Tal vez no soy el primero, tampoco soy el último... 

 

»Mi padre era oficial en activo, murió defendiendo Leningrado. Mi abuelo también fue oficial. La naturaleza misma moldeó a mi hijo para el servicio militar: la altura, la fuerza física, el porte. ¡Hubiera sido un húsar modélico! Los guantes blancos... el champán, las barajas de cartas... “Mi niño de sangre militar”, me alegraba yo. Ojalá el Señor nos hubiese enviado algo desde los cielos... Una señal... 

 

»Todos le copiaban. Yo, su madre, le copiaba. Me sentaba al piano igual que él, de medio perfil. A veces caminaba como él. Más aún después de su muerte. Quiero que siempre esté presente en mí... Que continúe viviendo en mí..”.

 

*”Los muchachos de zinc”, Svetlana Aleksievich. Fragmento. 

08-05-22

 

GRITEMOS AL UNÍSONO: ¡NO A LA GUERRA!

 

“Siempre estoy con él. Había pensado en adoptar a un huérfano... A uno que se le parezca, con los ojos grandes. Pero sufro del corazón. Mi corazón no lo aguantaría. Me cobijo en el trabajo como en un túnel oscuro. Si tuviera tiempo para sentarme en la cocina y mirar por la ventana, perdería el juicio. Solo la tortura me puede salvar. En cuatro años no he ido ni una sola vez al cine. Vendí mi televisor en color, el dinero fue para la lápida. Ni una vez he puesto la radio. Desde que murió mi hijo, todo cambió: mi cara, mis ojos, hasta mis manos. 

 

»Con cuánto amor me casé... ¡Me casé apresuradamente! Él era piloto, era alto, apuesto. Envuelto en su chupa y con las botas de piel de reno. Un oso. ¡¿Y ese iba a ser mi marido?! ¡Las demás chicas se morirían! Recorría las tiendas, ¿por qué nuestras fábricas no hacían pantuflas con tacón? Yo a su lado era tan bajita... Cómo deseaba que se pusiera enfermo, que tosiese, que se resfriara. Así se quedaría en casa todo el día y yo le cuidaría. Estaba loca por tener un hijo suyo. Y que fuese como él. Con sus ojos, sus orejas, su nariz. Como si alguien en los cielos me hubiese hecho caso, mi hijo salió clavado a él. No me podía creer que aquellos dos maravillosos hombres fueran míos. Adoraba mi casa. Me encantaba hacer la colada, planchar. Tanto me gustaba todo en ella que protegía a cada ser vivo que encontraba: una mosca, una mariquita... las atrapaba y las soltaba por la ventaba. ¡Que todo viva, que haya amor! ¡Yo era tan feliz! Llamaba a la puerta y enseguida encendía la luz para que mi hijo me viese alegre: 

 

»—Cariño, soy yo. ¡Te he echado tanto de menos! —Del trabajo, de hacer compras, siempre volvía corriendo a casa. 

 

»Quería a mi hijo con locura, también ahora le quiero. Me trajeron las fotografías del entierro... No las cogí... No me lo creía... Soy como un perro fiel, de esos que mueren en la tumba de su amo”.

 

*”Los muchachos de zinc”, Svetlana Aleksievich. Fragmento.

29-04-2022

 

UN RECONOCIMIENTO

 

A Carmen Castellote, una de las últimas voces del exilio republicano español en México.

 

Se ha concretado en la visita del director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, a su casa para recoger una colección de primeras ediciones de sus libros publicados, una carta manuscrita explicando el sentido de su legado a la institución y un atado de fotos de su vida.

 

La poeta hispano-mexicana, que mantuvo relaciones con  intelectuales en el exilio, como José Gaos, Max Aub o Luis Cernuda, ha preferido que el acto de entrega de su legado fuera privado y ajeno a los medios de comunicación.

 

Con todo, el encuentro ha adquirido relevancia por la actualidad de las circunstancias vitales y los planteamientos sociales de castellote.

 

Ella vivió primero en Ucrania, como niña de la guerra, después en Siberia, y por último, en Moscú. Ya constató que mundo comunista se pudría entre errores e injusticias y que, precisamente, estos errores propios, y no factores externos, serían los que acabarían con aquel comunismo soviético.

 

Y los hechos corroboran las premoniciones, volvemos a ver lo peor del siglo XX, la destrucción, la muerte y el exilio con la invasión de Ucrania por parte de Rusia. De esto habla la poesía de Castellote: de ruina, destrucción, huidas y deshumanización.

Y es que la noria gira y gira, y no aprendemos.

 

QUÉ LEER

 

“Kilómetros de tiempo”, de Carmen Castellote, publicado por la editorial Torremozas, España. Recoge las poesías completas de la poeta hispano-mexicana, en las que se vivencia el exilio, no solo como la distancia espacial con la tierra de origen, sino como una ruptura temporal, que se mide también en kilómetros de tiempo.

 

GRITEMOS AL UNÍSONO: ¡NO A LA GUERRA!

 

*“Los primeros días me quedaba a dormir allí... No tenía miedo... He aprendido a interpretar el vuelo de los pájaros y el susurro de la hierba. En primavera espero el brotar de las flores que salen a mi encuentro. He plantado campanillas de invierno... Para que el saludo de mi hijo me llegue cuanto antes. Se alzan hacia mí desde allí... vienen de él... 

 

»Estoy con él hasta muy tarde. Hasta la noche. A veces empiezo a gritar y no me doy cuenta, hasta que veo como los pájaros huyen. Un torbellino de cornejas. Vuelan en círculos, baten las alas encima de mí, entonces me recupero. Dejo de gritar. Vengo cada día desde hace cuatro años. O bien por la mañana, o bien a la tarde. Excepto once días en que tuve que guardar cama, sufrí un microinfarto, no me permitían levantarme. Luego me levanté y poco a poco conseguí llegar al lavabo... Es decir, podría llegar hasta mi hijo, si me caía ya sería encima de su tumba. Me escapé con la bata del hospital puesta... 

 

»El día antes del infarto tuve un sueño. En él aparecía Valera.


»—Mami, mañana no vengas al cementerio. No lo hagas.


»Pero fui. Llegué corriendo: había silencio, tanto silencio como si él no estuviese. 

Lo sentía en el corazón: él no estaba. Las cornejas seguían allí, sentadas en fila, sobre la valla, no se alejaban volando como de costumbre. Me levanté del banco para irme, las cornejas empezaron a volar delante de mí, me tranquilizaban. No dejaban que me fuese. ¿Qué ocurre? ¿De qué me quieren avisar? De pronto los pájaros se calmaron, volaron hacia arriba y se posaron en los árboles. Y al instante sentí que la tumba me llamaba, sentí paz en el alma, la angustia se me pasó. Su espíritu había vuelto.

 

“Gracias, pajaritos, por haberme guiado, por no permitir que me fuese. No he esperado a mi hijo en vano…”

 

*”Los muchachos de zinc”, Svetlana Aleksievich. Fragmento.

22-04-2022

 

GRITEMOS AL UNÍSONO: ¡NO A LA GUERRA!

 

*“¿Quién les ha dicho que perdimos la guerra allí? La perdimos aquí, en casa. En la Unión Soviética. Qué bonito podría haber sido nuestro regreso... El de unos hombres curtidos, fogueados... Pero no nos dejaron. Aquí no nos dieron ni derechos, ni competencias. Cada mañana en el obelisco (en el lugar del futuro monumento a los soldados internacionalistas) alguien cuelga una pancarta: “No lo instalen en el centro 

de la ciudad, pónganlo al lado del Estado Mayor...”. Mi primo, que acaba de cumplir los dieciocho, no quiere hacer la mili: “¿Por qué he de cumplir unas órdenes estúpidas y criminales? ¿Por qué debo convertirme en asesino?”. Mira de soslayo mis condecoraciones militares... A su edad, a mí me llegaba a lo hondo del corazón ver a mi abuelo poniéndose su chaqueta de gala con las órdenes y las medallas. Mientras combatíamos el mundo cambió…”

 

*”Los muchachos de zinc”, Svetlana Aleksievich. Fragmento.

15-04-2022

 

GRITEMOS AL UNÍSONO: ¡NO A LA GUERRA!

 

*”Un día, mi amigo coge el periódico y lee: “Los soldados soviéticos han sido liberados del cautiverio... En las entrevistas que han concedido a los periodistas occidentales...”. Entonces se pone a jurar como un carretero. 

»—¿Qué te pasa?
»—Los enviaría al paredón. Los fusilaría con mis propias manos.
»—¡Como si hubiéramos visto poca sangre! ¿No tienes suficiente todavía? »—No siento pena por los traidores. Nosotros perdíamos los brazos y nos arrancaban las piernas, mientras esos estaban admirando los rascacielos de Nueva York... Parloteando en la cadena de radio La Voz de América... 

»Allí él era mi amigo... Cantábamos: “Todo a medias, también este pedazo de pan”. [Se calla]. 

»¡Odio! ¡Odio!...».
—¿A quién?
—¿Acaso no le ha quedado claro? Perdí a mi amigo, y lo perdí aquí, no en la guerra... [Busca las palabras]. Ya no me queda nadie... No tengo más amigos... Mi gente se ha ido disipando, cada uno se ha escondido en su madriguera. Ahora se dedican a ganar pasta. 

»Ojalá hubiera muerto. Habrían colgado una placa conmemorativa en la entrada de mi colegio... Me habrían convertido en un héroe…”

 

*”Los muchachos de zinc”, Svetlana Aleksievich. Fragmento.

08-04-2022

 

GRITEMOS AL UNISONO: ¡NO A LA GUERRA!

 

Estamos limpios ante la patria... 

»Cumplí honestamente con mi deber de soldado. Digan lo que digan aquí y ahora... Por muchas vueltas que le estén dando a la tortilla, independientemente de todas esas revisiones... ¿Qué pasa con sentimientos como el de la patria, el del deber? ¿La palabra “patria” ya no les dice nada? ¿Es una palabra sin más? Estamos limpios...

 

»¿Cuál fue nuestro botín, qué nos trajimos de vuelta? ¿La “carga N 200”, los ataúdes con los cuerpos de nuestros amigos? ¿Qué conseguimos allí? Enfermedades, desde la hepatitis hasta el cólera. ¿Heridas, invalidez? No tengo pecados que confesar.

 

*”Los muchachos de zinc”, Svetlana Aleksievich. Fragmento.

29-03-2022

 

GRITEMOS AL UNÍSONO: ¡NO A LA GUERRA!

 

La muerte es horrible, pero hay cosas peores... Jamás diga delante de mí que somos unas víctimas, que fue un error. No lo diga en mi presencia. No le doy permiso. 

 

»Combatíamos bien, valientemente. ¿Por qué nos tratáis ahora de este modo? Yo besaba la bandera como se besa a una mujer. Temblando. Así es como nos habían educado: si besas la bandera, eso es sagrado. Amábamos a la Patria, en ella depositamos nuestra confianza. Vale, vale, vale... [Nervioso, tamborilea con los dedos]. Yo aún estoy allí... En la calle el tubo de escape de un coche da un “petardazo” y siento un miedo cerval. Se oye el estallido del cristal que se rompe... y al instante cualquier pensamiento desaparece, en mi mente solo existe el vacío del estallido... El sonido de una llamada de teléfono me recuerda a disparos... No estoy dispuesto a borrar todo esto, no logro pasar por encima de mis noches sin dormir. De mis sufrimientos. No soy capaz de olvidar el escalofrío mientras el termómetro marcaba cincuenta grados….

 

*”Los muchachos de zinc”, Svetlana Aleksievih. Fragmento.

22-03-2022

 

GRITEMOS AL UNÍSONO: ¡NO A LA GUERRA!

 

 «Yo siempre he sido militar... Solo de oídas sabía que existía otra vida...
»La psicología de los militares profesionales es diferente: no importa si la guerra es justa o no. Allí donde nos mandan la guerra es justa, es necesaria. Cuando nos destinaron a esa guerra, también era justa. Nosotros nos lo creíamos, yo mismo, rodeado de soldados, hablaba de la defensa de las fronteras del sur, llevaba a cabo la tarea de la educación ideológica. Dos veces por semana se impartían las tutorías de política. ¿Acaso podía haber dicho: “Tengo dudas”? El ejército no tolera la libertad de pensamiento. En cuanto pasas a formar parte de las filas, solo acatas órdenes. 

    Desde que despiertas hasta que te vas a dormir. »Toque de diana:
    »—¡A levantarse!
    »Nos levantamos. 

    »Voz de mando:
    »—Gimnasia básica sin armas, ¡a formar! ¡Izquierda! ¡Al trote!
    »Acabados los ejercicios, otra voz de mando:
    »—¡Rompan filas! Cinco minutos para satisfacer sus necesidades.
    »Rompemos filas.
    »Voz de mando:
    »—¡A formar!
    »Nunca me he encontrado en un cuartel con un retrato de... ¿qué ejemplo le puedo poner? Digamos de Tsiolkovski o de Tolstói. Jamás lo he visto. En las paredes del cuartel cuelgan los retratos de Nikolái Gastello, de Aleksandr Matrósov... De los héroes de la Gran Guerra Patria... Una vez, aún siendo un teniente jovencito, colgué en mi habitación un retrato de Romain Rolland que había recortado de una         revista. Entró el comandante de la unidad militar: 

    »—¿Quién es ese?
    »—Es Romain Rolland, el escritor francés, camarada coronel.
   »—¡Retire inmediatamente a ese francés! ¿Acaso no tenemos nuestros propios héroes?

    »—Camarada coronel...
    »—Media vuelta, vaya andando al almacén y traiga de vuelta a Karl Marx.

    »—Pero si es alemán...
    »—¡Silencio! ¡Dos días de arresto! 

 

    »¿Qué tenía que ver Karl Marx? Yo mismo les decía a los soldados muchas veces: “Esa máquina no vale un comino. Es de fabricación extranjera. ¿De qué sirve ese coche extranjero? En nuestras carreteras se hará pedazos. Lo nuestro es lo mejor del mundo: nuestras máquinas, nuestros coches, nuestra gente”. Hace muy poco         tiempo que he empezado a reflexionar: “¿Por qué no puede ser que la mejor máquina sea de Japón, las mejores medias de Francia o las mejores chicas de Taiwán?”. Y ya he cumplido los cincuenta…

 

*”Los muchachos de zinc”, Svetlana Aleksievich. Fragmento.

15-03-2022

 

GRITEMOS AL UNÍSONO: ¡NO A LA GUERRA!

 

«La muerte es horrible, pero hay cosas peores... Jamás diga delante de mí que somos unas víctimas, que fue un error. No lo diga en mi presencia. No le doy permiso. 

»Combatíamos bien, valientemente. ¿Por qué nos tratáis ahora de este modo? Yo besaba la bandera como se besa a una mujer. Temblando. Así es como nos habían educado: si besas la bandera, eso es sagrado. Amábamos a la Patria, en ella depositamos nuestra confianza. Vale, vale, vale... [Nervioso, tamborilea con los dedos]. Yo aún estoy allí... En la calle el tubo de escape de un coche da un “petardazo” y siento un miedo cerval. Se oye el estallido del cristal que se rompe... y al instante cualquier pensamiento desaparece, en mi mente solo existe el vacío del estallido... El sonido de una llamada de teléfono me recuerda a disparos... No estoy dispuesto a borrar todo esto, no logro pasar por encima de mis noches sin dormir. De mis sufrimientos. No soy capaz de olvidar el escalofrío mientras el termómetro marcaba cincuenta grados…”

 

*”Los muchachos de zinc”, Svetlana Aleksievich. Fragmento.

08-03-2022

 

GRITEMOS AL UNÍSONO: ¡NO A LA GUERRA!

 

Nos levantábamos temprano y salíamos como si fuéramos a un trabajo normal: un tanque buscaminas, un grupo de francotiradores, un perro detector de explosivos y dos vehículos blindados de protección. Los primeros kilómetros viajábamos sentados encima de la coraza. Desde arriba se ven bien las huellas: la carretera es toda de polvo, el polvo es fino como la nieve. Pasa un pájaro y queda una huella. Si el día anterior había pasado un tanque teníamos que ir con los pies de plomo: solían ocultar las minas en el rastro que dejaban las orugas. Después con los dedos volvían a reproducir las marcas del tanque y borraban las suyas propias con una tela o con el turbante. La carretera serpenteaba entre los kishlak abandonados, allí no quedaba gente, solo arcilla calcificada. ¡Era un escondite perfecto! Teníamos que estar siempre alerta. Pasados los kishlak, bajábamos de la coraza. A continuación la cosa era así: un perro iba corriendo delante de nosotros, yendo y viniendo, y los zapadores lo seguían con sus sondas. Caminaban pisando la tierra. Ahí tienes que contar con Dios, con tu intuición, con tu experiencia, tu olfato. Tienes que estar atento a todo: una rama del árbol rota, una pieza metálica en el suelo que ayer no estaba, una piedra. Los del otro bando también dejaban señales para no volar con su propia mina. Un pequeño trozo de hierro, otro... un tornillo... Tirados como si nada encima del polvo... Y debajo de la tierra se escondían las pilas... Un cable hacia una bomba o hacia un cajón lleno de trilita... Una mina antitanque no se activa con un ser humano... Como mínimo hace falta una carga de entre doscientos cincuenta y trescientos kilos. En la primera explosión... Me quedé solo sentado encima del tanque, mi sitio preferido era al lado del cañón. La torreta me protegió, la ola expansiva se llevó a los demás. Lo primero que hice fue tocarme, comprobar: ¿La cabeza está en su sitio? ¿Los brazos, las piernas? Todo bien, hay que continuar.

 

“Los muchachos de zinc”. Svetlana Aleksievich. Fragmento.

28-02-2022

 

GRITEMOS AL UNÍSONO: ¡NO A LA GUERRA!

 

Al borde de la carretera había una niña, de unos siete años... Su brazo destrozado colgaba igual que el de un muñeco de trapo, pendía de un hilo. Sus ojos (dos aceitunas negras) no se apartaban de mí... Estaba en estado de shock por el dolor... Salté del vehículo para cogerla en brazos y llevarla con nuestras enfermeras... Ella, aterrorizada, se apartó de mí como un animalito, dio un brinco, gritó, corría todo lo que podía y gritaba. El bracito colgando, se le desprendería de un momento a otro... Corrí tras ella llamándola... La alcancé, la estreché contra mí, la acaricié. Ella se defendía, me mordía, me arañaba, se sacudía. Como si la hubiera atrapado una bestia salvaje. Me quedé fulminado: ella no aceptaba que yo la quisiera 

 salvar, daba por supuesto que la iba a matar... Los rusos no hacen otra cosa que matar…

 

“Los muchachos de zinc”. Svetlana aleksievich. Fragmento.

Contacto:

Goieta 15
48610 Urduliz

Bizkaia (España)

 

Cualquier cosa que quieras enviar a:

posfpowb@poetasinfronteras.org

 

Cualquier cosa que quieras comentar a:

cuentanos@poetasinfronteras.org

 

Puedes hacerlo directamente desde: "Quiénes somos - Contacto".

 

¿Quieres hacerte socio?

Si quieres unirte a nuestra organización, utiliza nuestro formulario de contacto para recibir información. ¡Te esperamos!

Ahora también puedes informarte sobre todo lo relativo a nuestra organización a través de las redes sociales.

Versión para imprimir Versión para imprimir | Mapa del sitio
© Poetas Sin Fronteras - Poets Without Borders