POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

SOBREVUELO A LA POESÍA COLOMBIANA (FRAGMENTO)

Por Álvaro Marín.

10-08-2017

 

Las palabras también se enferman, se anquilosan y mueren. La palabra como todo ser vivo es permanentemente atacada por la esclerosis, la costumbre y en algunos ámbitos, por la profesionalización. Ante el uso y la costumbre el lenguaje pierde significación, vitalidad y lo que es más importante su fuerza simbólica que es precisamente el sentido que tiene el lenguaje en la vida y en la consolidación de la cultura, de allí que el arte relacionado con la palabra cumpla una función social que es crucial en la comunidad humana: vitalizar el lenguaje, ampliar su sentido y trazar el registro de la imaginación y de la realidad en medio de una cultura que vive permanentemente en expansión. Buena parte de la sobrevivencia y de la convivencia social consiste en mantener vivo el lenguaje y darle el lugar justo y una significación válida, lo demás es falseamiento, incluso la imaginación puede ser desvirtuada en el arte mimético y la pose erudita.

Corresponde al  artista reconocer el hecho estético cuando este ocurre, precisamente porque uno de sus efectos es la construcción simbólica, además de ser el hecho estético un elemento dador de sentido. Hoy se publica una poesía formalista, bien lograda, y que incluso recurre al arte  mismo como tema de su escritura, pero esta no deja de ser una vertiente desvitalizada que evade ladinamente el entorno. Pero hay por fortuna otras expresiones: “Las palabras están muertas”, dice un poema de reciente publicación, un poema que hace parte del título El sol y la carne, de Camila Charry.[i] Este libro, además de propiciar varias reflexiones sobre la poesía de nuestro momento nos entrega una obra poliédrica en su ejercicio de síntesis, que no es condensación como se cree sino algo más complejo: es el lenguaje que primero ha pasado por un previo ejercicio de reconocimiento, traducción, análisis, incorporación y creación, antes de emerger de nuevo como expresión simbólica. En El sol y la carne encontramos el arte vivo, la manifestación del lenguaje como expresión que puede dar cuenta de las condiciones subjetivas y vitales de este tiempo que corre. 

La publicación de El sol y la carne nos trae a la realidad una experiencia estética singular, si pensamos que el hecho estético es una construcción simbólica que se nos presenta como experiencia, como generación, hasta que nuevamente los símbolos se descomponen y se desgastan y se hace necesaria una nueva generación y recomposición. Y eso es precisamente lo que precede a una corriente estética, no es la inscripción en el registro formal del supuesto canon literario propuesto por la reciente alianza mercantil entre la academia y las editoriales, es contrariamente un registro en el tiempo y en la experiencia vital e histórica.  

Uno de los elementos de El sol y la carne es su temática pertinente, y la presencia de la violencia histórica, violencia encubierta por las vertientes formalistas. Veamos de trasfondo, mientras leemos a El sol y la carne, uno de los símbolos creados por Alejandro Obregón: El último cóndor, imagen de la crisis de la relación del hombre con los elementos, un fondo no interpuesto de manera gratuita para acompañar la lectura; no es un fondo en grisalla ni una forma simple de relacionar la imagen pictórica que hay en Charry y que hace parte importante de su registro, sino un fondo vivo que alterna en contrapunto con la reciente creación poética colombiana que se aproxima a la violencia como experiencia histórica. En Obregón y su temática de la violencia hay más relación con El sol y la carne que el que pueda tener este libro con otras publicaciones  recientes de la poesía. Retomemos también, ya un poco más lejanas en el tiempo las palabras del cronista Luis Tejada, el maestro de la generación literaria de Los Nuevos a principios del siglo XX y al poeta Gaitán Durán, para una aproximación de contexto a la publicación de Camila Charry. 

Si traemos a Tejada es porque este se refiere precisamente a la experiencia del lenguaje como experiencia vivencial del hombre que no es solo memoria y erudición, o conocimiento, es también creación que percibe los cambios en la realidad y se manifiesta a través del arte del lenguaje, que es a su vez construcción de sentido. Y aunque el tiempo de los continuos cambios, de las rupturas y las vanguardias lo vivió el mundo intelectual y social durante todo el vértigo del siglo XX, lo que señalan nuestros pensadores es precisamente su timidez, o ausencia en Colombia, de allí que Rubén Jaramillo Vélez nos señale con insistencia nuestra modernidad postergada[ii], y si miramos hacia el lado del arte no vemos otra cosa, y vemos también otro hecho concreto en el mundo social: en Colombia no hubo revoluciones ni reforma sino revueltas, o inmolaciones como las del nueve de abril, y podemos plantear lo mismo en el arte, con algunas excepciones en la pintura y la escultura en donde Obregón es parte de una expresión de las rupturas y extrañamientos expresionistas que su grupo llamó expresionismo mágico. En la poesía y el ensayo Gaitán Durán hace el ejercicio de diálogo entre la poesía y el pensamiento latinoamericano y europeo, pero su muerte nos retarda la obra, no la obra de Gaitán, pero sí la de su generación. La comunidad artística del país no es consciente de las implicaciones que tiene todavía para el arte y para la literatura esta muerte, la renovación no muere con Gaitán Durán, pero se posterga, como se posterga por otros factores históricos y sociales la modernidad. Aunque sabemos también que en Colombia y Latinoamérica el proyecto moderno ha sido impuesto al contrafuerte de una realidad ya de sí en conflicto con este. Algunos pensadores latinoamericanos como Enrique Dussel[iii] han intentado explicar este singular fenómeno cultural en Latinoamérica desde la anacronía que representan dos o muchos tiempos y mundos que confluyen y a la vez se rechazan, y diversas condiciones sociales y culturales que se retroalimentan, pero que no son un continuo de la experiencia de Europa sino expresión de una auténtica vivencia propia, por ello Dussel señala más bien un sentido de transmodernidad en lo que él llama “reconstructivismo, o visión reconstructiva de la historia de la cultura latinoamericana” como crítica de la multiculturalidad expuesta desde un afuera que todavía no nos lee y en donde manifiesta que no puede ser postmoderno lo que no ha sido previamente moderno.

¿Y qué tiene que ver la publicación de El sol y la carne con todo esto? Para responder a esta pregunta hay un complejo de entramadas construcciones y sentidos inmersos en nuestra modernidad conflictiva, conflicto vivido en toda Latinoamérica, pero que lo expresamos especialmente en Colombia, con toda la carga de violencias con las que estas fuerzas se confrontan en todos los ámbitos de la vida, y de eso hecho es que trata precisamente el libro mencionado que no por gratuito azar trae imágenes recurrentes de la violencia que no es solo violencia social; la naturaleza también se manifiesta, y lo hace muchas veces de la misma manera, como esas reses que navegan en el fango, o como los hombres y los elementos devastados al lado de la naturaleza, que nos presenta el libro de la poeta colombiana, en formas de vertientes y de aguas que se convierten en fuerzas demoledoras y en los elementos de esa devastación con los que la escritora reconstruye un sentido a través de su poesía.

Leer ensayo completo en

http://www.elojodelcangrejo.com/ensayo/sobrevuelo-a-la-poesia-colombiana/

 

[1] Charry Camila. El sol y la carne. Ediciones Torremozas. Madrid, España. 2015

2 Jaramillo Vélez Rubén. Colombia, la modernidad postergada. Siglo del hombre editores. Bogotá. 1998.

3 Dussel Enrique. Transmodernidad e interculturalidad. Universidad Autónoma de México. México. 2005.

 

 

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