POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

Espacio para el análisis crítico de los diferentes aspectos, perspectivas y planteamientos acerca del estado de las cosas en la comunidad mundial actual. Si quieres, puedes ampliar este foro de pensamiento, aportando tus reflexiones en forma de artículo.

HOY. Por Samuel Vásquez  

Ante el mandato perentorio de la globalización, so pena de quedarse retrasados en la era pre-posmoderna, todo Occidente obedeció. Y arrastró a América Latina como una cola de retazos pegada a una cometa de papel. Porque, aunque no participamos de las decisiones y privilegios de Occidente, sí seguimos ondulantes y sometidos a todo lo que Occidente decide.

 

Pero la globalización no era ecuménica. Incluía la economía, la ideología, el consumismo y la información, pero no a las personas, ni al derecho a su libertad, a su igualdad, a su fraternidad. Se suprimían aranceles a los productos, pero se esculcaban exhaustivamente los pasaportes y las maletas de los individuos “distintos,” considerados sospechosos arbitrariamente. Se i8 y conectó por internet a casi todos, pero no se los conectó al agua potable gratuita ni a la poesía. 

En septiembre de 1931, Federico García Lorca leyó en voz alta su texto para inaugurar la Biblioteca Pública de Fuente Vaqueros en Granada, su pueblo natal:

 

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro.

 

Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

 

Hoy todas nuestras relaciones sociales están mediadas por los acontecimientos políticos y deportivos, que ocupan el 90% de los espacios de información y entretenimiento, manejados por las industrias “culturales” y deportivas, apoyadas por la llamada “economía naranja” decretada y promulgada por el gobierno de Iván Duque. Por el contario, menos del 1% de la población se relaciona a través de la Cultura y la Poesía. 

 

Hoy muchas de esas industrias “culturales” están henchidas de alegría por la obligada virtualización de la Cultura. Ignora esa gente que al no tenerse la experiencia presencial de una pintura, no asistir a una puesta en escena teatral ni a un concierto vivo, por medios audiovisuales o informáticos no se podrá acceder a su máxima esencialidad y revelación estética y poética.

 

Hoy nuestros “agentes culturales” no cuestionan el poder sino que entran, con una facilidad que sonroja, en complicidad con sus imposiciones, ninguneos y arbitrariedades. No luchan porque la obra de arte sea libre, disidente de las exigencias consumistas del mercado, de las tendencias impuestas por los medios, y del autoritario gusto oficial que a nadie rinde cuentas. (Ante las críticas de la ciudadanía ante una obra pública, un popular alcalde de Medellín respondía inexpugnable y desafiante: ¡A mí me gusta!). No se preocupan de que cada artista pueda vivir con dignidad de su obra, en contra de la promesa de la oferta de que lo que no está expuesto en la vitrina, en la pantalla o en el festival, no existe. Con su proceder acrítico, estos agentes favorecen una cultura consumista que está forzada a ofrecer “la estética del día”, para mantener viva su oferta en el mercado.

 

Hay que propiciar, hacer y amar un arte independiente del mercado y de sus leyes, que confunden sonsonete con ritmo, bonito con bello, rima con poesía, valía con precio.

 

Con el tiempo histórico suspendido por la “pandemia” queda sólo, abrumadoramente, el tiempo cotidiano, demasiado cotidiano.

 

Empresarios, políticos y periodistas están hablando permanentemente de futuro. Con ello buscan encubrir impunemente un presente injusto, corrupto y criminal, menospreciando un pasado ancestral culto que abandonamos con crasa insensibilidad en busca de un consumismo que nos promete status social, confort instrumental y distracción mental. Ignoran el decisivo tejido que la Cultura aporta como herramienta de sensibilización, conocimiento, memoria y cohesión social.

 

Es necesario que la gente acceda al conocimiento para adquirir el criterio con que construirá los ritos y las actividades humanas significativas: la alimentación, la educación, el trabajo, la sexualidad, así como la construcción de un pueblo, de una casa, de una escuela, de un templo. El hombre contemporáneo no solamente abandonó los ritos fundacionales, sino que se quedó sin modelos ejemplares que orienten moralmente su comportamiento individual y comunitario. El comportamiento social y moral ya no es ancestral ni cultural, sino que es impuesto y vigilado por la legislación jurídica, por la policía y por los medios de información.

 

Estamos uniformando el mundo, globalizando los gustos, estandarizando las costumbres y las moradas, en favor de un “confort contemporáneo”. Es el triunfo del tiempo sobre el espacio, la destrucción de las formas autóctonas y de las culturas en favor de una comunicación inmediata, de una conducta canónica y de una obediencia a las tendencias dominantes.

 

Es indispensable que la gente sienta necesidad de la Cultura y la Poesía, y, sobre todo, que tenga la capacidad de gozarlas, no como entretenimiento, sino como un elemento esencial para la vida ética y estética de los individuos y la comunidad.

 

El miedo que causa y alimenta la “pandemia” somete el pensamiento de todos, forzándolos a aceptar una obediencia ciega ante una situación social e individual que desconocen por completo, y que el poder económico, político e informativo sabe manejar astutamente.

 

La oportunidad autoritaria de los gobiernos actuales, tácitamente aceptada, los está tentando a la represión y a la vigilancia totalitaria, asistida por una policía digital de cámaras, sensores y perseguidores. Gobiernos que profesan el fatal destino darwinista que elimina los cuerpos más viejos y más débiles para que cedan el espacio de la economía y del entretenimiento a los más fuertes físicamente, que no son necesariamente los más fuertes consciente y culturalmente, ni los que tienen más sentido de libertad, ni más anhelo de conocimiento, ni más razones para la desobediencia. En tales circunstancias, un sumiso tonto joven merece más espacio y mejor atención que un sabio viejo libertario.

 

La actual democracia neoliberal globalizada aprendió a unir las dos puntas opuestas de la guerra fría:  el consumismo desbordado estadounidense y la severa vigilancia chino-soviética, la oferta clasista de Estados Unidos y la asistencia acechante del comunismo, el nacionalismo y el internacionalismo del fascismo y del comunismo ahora se funden en la búsqueda, al precio que sea, de la hegemonía del mercado.

 

Como dice el intelectual del Bar de la Calle Luna:

La guerra y el comercio no son sino medios diferentes de conseguir el mismo objeto que es el de poseer aquello que se desea. El comercio es un homenaje hecho a la fuerza del poseedor por el que aspira a la posesión: es una tentativa para colonizar por las buenas aquello que no se quiere conquistar por la violencia. El comercio es, para el más fuerte, un medio dulce de empeñar el interés del otro en consentir lo que conviene al interés propio.

 

Dar dinero a los bancos (grandes donantes en sus campañas electorales) para que implementen instrumentos financieros de préstamos con intereses impagables a través de una banca insensible socialmente, y no programar ayudas directas (con interés cero) a los medianos y pequeños empresarios, no es sólo mezquindad del gobierno colombiano sino, además, obediencia a mandatos supranacionales de la “democracia neoliberal internacional” (carente de democracia y de liberalidad), para proteger la banca multinacional y no la industria de valor agregado de los países del tercer mundo, aumentando su sometimiento económico a los centros de poder financiero e informativo, con una pérdida de soberanía económica y cultural que será casi imposible recuperar.

 

Una de las más aplaudidas políticas del actual presidente colombiano son las dádivas que otorga a los afiliados a sus propios programas de gobierno (sus votantes), tratando de establecer una imagen de benefactor magnánimo, y pidiendo limosnas a los ricos para que las den a los más necesitados, en una caridad que nada soluciona socialmente, en lugar de dictar decretos que establezcan impuestos necesarios y justos a la riqueza desproporcionada e inequitativa que aminore la criminal brecha social que han impuesto durante largos años. Si se acostumbra al ciudadano del común a la limosna, no sólo se degrada su condición social, sino que se lastima su autoestima al reconocerse como improductivo socialmente, desestimulando su conciencia de su derecho a la igualdad. De esta manera el Estado elude taimadamente su obligación de proporcionarle un trabajo digno y suficiente, y darle una asistencia social oportuna.

 

No se puede depender de la voluntad caritativa de unos pocos. Hay que establecer una obligatoria justicia social equitativa, digna y ética, y eso es deber irrevocable del gobierno.

Se ha argumentado la protección contra el virus como Razón de Estado para imponer, por encima de las libertades individuales, el encierro, el aislamiento, la injerencia y la vigilancia a placer del gobierno. Sin libertades individuales cualquier control al gobierno será una ilusión ineficaz.

 

Una multa de un salario mínimo por salir a la esquina de la casa, da un poder desmesurado de represión a un gobierno que cada vez se engolosina más con su domino absoluto del ciudadano, ahora sumiso. Este dominio y esta sumisión le han servido no sólo para acallar las protestas sociales que se hacían a su gobierno en la calle todos los días sino, también, para asumir poderes dictatoriales sin golpe de Estado y sin usar la fuerza de los militares.

 

La calle, que se suponía era “el espacio democrático por excelencia”, ahora está totalmente controlado por el gobierno y sus aparatos de vigilancia y represión. La inmaculada “democracia neoliberal” que inventaba contrapesos para parecer, a los ojos de los ignorantes, como equilibrada a través del control político que se ejercía hacia el ejecutivo, ahora carece de vigilancia y hace contratos a dedo sin control efectivo, porque la sumisión es generalizada.

 

La declaratoria de calamidad social instaura un Estado de Excepción que le otorga plenos poderes al presidente Duque y anula el Estado de Derecho que sustenta toda Democracia que así quiera ser reconocida. Los Derechos Humanos saldrán lastimados y hasta anulados en sensibles aspectos con el Estado de Excepción imperante, y habrá que estar atentos y ágiles para tratar de impedir que se instauren a largo plazo métodos totalitarios de extracción de datos, de vigilancia digital y de represión abusiva.

 

Hoy nos movemos entre el miedo y el deseo.

El poder propaga el miedo.

Propaga el miedo para que los deseos se aborten antes de transformarse en actos.

El deseo es conspirativo, el acto subversivo.

El individuo reprime sus deseos para evitar la confrontación.

Hay que crear conciencia de que sólo el deseo podrá vencer al miedo.

El triunfo será el deseo realizado que permanecerá como deseo.

 

Villagrande, abril de 2020.

 

LAS MUERTES INCONCLUSAS. Por Gonzalo Márquez Cristo

Premio Internacional de Ensayo Maurice Blanchot, París, Francis 2007

 

Cuando las palabras se afantasman surge el poeta para recordarles su luminosa vida pretérita o la posibilidad de un encarnado retorno. Este ser atormentado que las ha vigilado sin sosiego como a diminutas estrellas, sabe que es definitivo concitar su resurrección, incluso –como lo demostraron algunos románticos y expresionistas– a costa de su vida.

 

Se podría pensar sin exactitud que esta creatura trastornada es un resucitador del lenguaje, o el taumaturgo que ejercita la redención de un vocablo agónico, pero más exactamente podría definirse como un ser que se enfrenta todas las noches a un mundo deshabitado, anterior al lenguaje, y es de allí, de ese silencio estrepitoso, de donde provienen sus visiones meteóricas, que coinciden con su acezante sueño, con el fuego compartido y con su vida inacabada.

 

A veces el poeta es sigiloso y no se aventura a observar de frente a la amenazante palabra, e inventa una elisión al portar el escudo bruñido de Perseo, con el fin de que ella se refleje allí como la Medusa, se observe a sí misma por última vez con su mirada centellante, o nazca en su océano rítmico, en la noche blanca del papel.

 

El combate del poeta con la palabra es asimétrico y siempre lo conduce a la derrota, a un exilio espectral, pues ella se hace visible un solo instante para reflejar su herida originaria, y él debe regresar quedamente después de una lucha despiadada.

 

Las huestes que persiguen a este ser dividido avanzan en la oscuridad. La palabra es la perpetua evanescente, la inasible, y la cacería liderada bajo el imperio de la oscuridad debe oficiarse sin ambages. Por eso a veces creemos que este artífice es quien lleva el lenguaje a un sitio irretornable, pero es tan sólo quien denuncia la intemperie de la lengua, la soledad que inventan los vocablos, la condena de un lenguaje fragmentario, el calabozo de su representación. Es quien vigila un rostro amado en un espejo roto.

 

El poeta nunca consagra su propósito: reproduce la paradoja de Zenón de Elea donde la liebre jamás alcanza a la tortuga, pues nunca rebasará a la palabra, al serle tan sólo aprehensible su reflejo. ¿Por qué ella está siempre precediéndolo? ¿Por qué tan pronto encuentra un sentido inusitado se emancipa? La persecución no tiene límites. El poeta es quien padece de sombras y al saber eso, al asir la melodía de aquello que funda toda representación, incendia su voz y luego escudriña entre las sílabas… Emprende un periplo temerario.

 

Aquel que dijo: «Cuanto más poético más verdadero» (Novalis), hablaba con absoluta gravedad y no temió a su obsesión devastadora. Rilke, fiel a sus abismos, denunció nuestro mundo interpretado y anteponía el caudal de sus poemas para aproximarse a esa zona en que el significado arde. Toda ornamentación banal y toda lúdica inocua debió ser condenada cuando una existencia más fuerte irrumpía. El poeta debió asumir el artificio del cordero investido de lobo, la feral impugnación de una realidad tormentosa, la consagración de su muerte inconclusa.

 

El artista es un remero a contracorriente, su porvenir ya ocurrió y él debe regresar a su sitio inaugural, a ese tiempo donde no tenía rostro ni nombre. Es el viajero del origen, de ahí su inconmensurable soledad. Quien avanza hacia atrás busca a su demiurgo, espera la invención de una plegaria o se sumerge en la nada. Quien transita hacia el pasado sabe que nunca arribará.

 

Se podría pensar que el poeta crea un orden sublime o que su arte debe contener una lógica mágica, una coherencia secreta que a veces se tilda de imposible; pero en verdad este eterno forastero, construye con sus ensoñaciones y su desesperación una indómita oración al caos, al desorden primordial, que es cuna de sus sueños. ¿Y acaso lo sagrado no es la más fascinante trascendencia sin centro? ¿Acaso en ese tempestuoso mar no dormitan los dioses?

 

«Cuando las mitologías se desvanecen, lo sagrado encuentra en la poesía su refugio, y quizá su relevo», nos advirtió Perse. Sin embargo es urgente agregar: el poeta es la víctima de un sacrificio oficiado para que pueda existir el poema. ¿Pero quién funge como sacerdote en esa cruel contienda con lo sagrado? Sin duda el lenguaje –el suntuoso dador de la muerte–, y su inexorable gramática del apocalipsis.

 

Y para completar el ritual, por virtud de la poesía, la palabra se ensimisma como Narciso ante el azogue inquieto y se entrega a su extinción. Se inmola en su reflejo, en el clímax de su apariencia. Ella es la sombra que se retrae, pues se hace imperativo que devenga en sonido incandescente, en día subterráneo, en estrella negra, para ser nuestra perentoria posibilidad. La palabra muere para dar a luz el poema. Se divide, se multiplica, y en esa repentina meiosis que ocurre en las tinieblas de la creación poética, es posible sorprender el destello de su resurgir.

 

El poeta es el que traduce el mundo a la muerte, a los idiomas del Hades. La pregunta del poema hace retroceder todos los límites, porque es la tentativa de encarnar el silencio.

 

Si Dionisos tuvo un doble nacimiento, el poeta –como Orfeo– es el ser de las dos muertes, de la doble sombra: el individuo que anticipa su aniquilación al utilizar un misterioso artilugio que le permite hablar desde el silencio.

 

Y es allí, cuando poeta y palabra mueren para fecundar el poema, es durante aquel tiempo ígneo, que asistimos a la consumación del sacrificio. Ese destello lo protege con el enigma de su renacer. «Todos sentimos lo que es la poesía; nos funda, pero no sabemos hablar de ella... Nos conduce hacia la eternidad, hacia la muerte y, por medio de la muerte, a lo continuo, pues la poesía es la eternidad»; reflexionó Georges Bataille.

 

Todo sublime arte adora la metamorfosis: la única opción de permanencia. La palabra poética podría ser una mariposa que involuciona a crisálida, para poder significar en su esencia múltiple, reconociendo que el fácil esplendor es fraudulento. Por ella el sujeto deviene en objeto, lo masculino se feminiza, el tú es emboscado en sus espejos. La poesía se nutre de la catástrofe de la identidad, como el amor, como la religión. Y aunque sintamos que «yo es otro» según lo descubrió Rimbaud con estremecedora lucidez, lo recíproco del yo no es el tú, sino la muerte: la metamorfosis en objeto, la pluralidad inderrotable.

 

El artista hace de su pobreza una fuente, interroga el dolor, pretende el nombre de la herida. Es extranjero en todas partes, exceptuando en la noche; pues es ella el poder que impele su realidad estremecedora. El poeta es un obrero de las tinieblas, es el mensajero del inframundo, el Hermes de la oscuridad... En la poesía el lenguaje no cae en la trampa de aquello que llaman comunicación, desconfía de lo representado: es. Durante la noche somos menos apariencia; el ebrio, el místico y el artista saben que bajo la extensa sombra los disfraces se disipan... La poesía se forja más allá del lenguaje, en su morir irresoluto.

 

«Los filósofos y los poetas vigilan la casa del ser», sentenció Heidegger; son los protectores del lenguaje y de la representación. Sin embargo es concluyente recordar que esta escisión no existía para los presocráticos, quienes jamás dividieron esas dos vías del conocimiento, aquellos dos oficios del asombro. Su bosque mental no estaba demediado, pero un día nos fueron impartidos los ojos inencontrables. Y fue entonces cuando el espejismo se hizo tan cruento, cuando lo traslúcido empezó a ocultar, a extraviarnos. Por lo cual una interrogación se torna ahora ineludible: ¿no podemos decir contrariamente que el poeta es el destructor del lenguaje, el encargado de regir la evasión de la casa del ser, el instaurador de la rebelión del silencio?

 

Tal vez, porque la poesía es un lenguaje alterno, que está a la misma distancia de todos los idiomas, y su desesperado artífice tan sólo intenta traducir el mundo a ese secreto dialecto común. Todo verdadero poeta escribe afuera de la lengua –en su más allá–. Y así como el filósofo es avasallado por el lenguaje, el poeta es quien conoce el lugar de la palabra liberada, liberadora; el país del silencio. Por tal razón es el único ser que puede escapar –no de su idioma– sino del lenguaje, para escribir fuera de él, y allí radica su devastación, su miserable victoria. El filósofo lanza su pregunta solar después de una pugna significativa, mientras el poeta pregunta desde la muerte.

 

La insalvable amenaza radica en que su discontinua existencia lo arroja fuera del corpus verbal y luego lo hace regresar atemorizado a su precaria realidad, hecha de signos agónicos. Su adherencia es el sueño insumiso, la liberación de las prisiones imaginarias. Su contienda nunca es individual porque ha aprendido que quien escribe no existe, que nunca se curará del lenguaje y que el mundo no debe pertenecer a los mercaderes de la angustia. Los excluidos le ofrendan el canto de su sangre, los abatidos aumentan la fuerza de su sed, los refugiados sus ojos sin eclipse.

 

Y por eso la pregunta del artista no es otra que la de todos los hombres, la que acecha en el acallado silabario de la muerte. El poeta se interna furtivamente en un territorio infestado de gritos, danza sobre los ríos de la memoria, sobre los paisajes de la separación, y escucha un enjambre de estrellas.

 

Este eterno desterrado del lenguaje conoce un cuerpo del que brota el tiempo, sabe de una palabra que crece entre sus manos y aunque oficia el verdor jamás puede escapar de la pregunta de la tierra, ni del viento que borra su rostro… Y sólo si tiene suerte podrá vislumbrar un silencio que tan pronto sea conquistado lo iluminará para siempre.

NO SOMOS NADA. Por Gustavo Hernández Larrauri

Al generar vida, generamos muerte debido a que desde el milagro de la concepción empezamos a vivir y a morir en forma física. Existen infinidad de corrientes, expresiones, conceptos y se nos iría la vida para tan solo entender que NO SOMOS NADA:

MUCHAS DE LAS VECES LA ADVERSIDAD HACE QUE EL SER HUMANO MANIFIESTE LO MEJOR DE SI MISMO, ASI COMO LO MAS BAJO, OTRAS DE LAS VECES SOLO ACTUA POR INSTINTO, PERO EN OTRAS MAS, EL INFORTUNIO HACE QUE TENGAMOS UNA RAZON DE EXISTIR AL BUSCAR TIEMPOS DE ESPERANZA… 

 

Año con año el mundo sufre las consecuencias de la madre naturaleza, a consecuencias de la falta de respeto del ser humano por nuestro planeta, y otras tantas  por ser la naturaleza de la naturaleza destructiva misma del ser humano, y ahora, una vez más refleja que siempre existen  lugares donde  la vida y el tiempo reflejaban  los años, los cuales,  pasaban de  forma casi insolente,  ahí están, ahí se quedan ya que el tiempo y la naturaleza es inmisericorde con el mismo tiempo, no sabemos a dónde vamos, quizás la vertiente de la vida toma rumbos diferentes, a veces de movimientos terribles, maremotos, incendios o de pestes, de muerte, no lo sabemos, hasta cuando estamos ahí, cuando lo vivimos muriendo.

  

El turno es el momento, muchas de las veces se nos va la vida planeando o configurando formas de existir ya sea en forma personal o como nación para darnos cuenta que, en la vida misma no existen planes, mucho menos configuraciones,  que vivimos, morimos, vivimos y volvemos a morir, lo inmenso o lo pequeño aún no lo sabemos, no lo comprendemos como humanidad, tal vez nunca lo sepamos, quizá lo importante es soñar y vivir, con errores y aciertos, renacemos y volvemos a renacer, no importa, lo importante es vivir y volver a vivir aunque en ello se nos vaya muchas veces el morir.

 

La madre naturaleza le da al mundo una lección nuevamente, el Covid-19 o el nuevo coronavirus  demuestra nuevamente que no somos nada ante ella misma,  que no existe poder humano que se resista a la naturaleza o al producto de la naturaleza humana misma y que si bien la vida es cíclica y como especie humana somos estadística en muchos casos y la crisis sanitaria que hoy vive la humanidad demuestra frías sumas y restas de porcentajes de vida y muerte, así como factores de daños colaterales que tan solo reflejan la historia de la humanidad en su diversas etapas en los jinetes del apocalipsis tan solo por citar (La peste, la conquista, Guerras, Hambre y Muerte) el proceso de selección natural está en marcha nuevamente como en muchas etapas de la humanidad, ya sea por factores naturales, sociales o económicos,  siendo la naturaleza misma de la humanidad, aún con los adelantes tecnológicos, creencias y factores  viviremos y moriremos, siendo la cuestión del cómo y en que porcentajes, casi nunca está en nuestras manos, quizá tan solo intentar el bien o el mal morir.  

 

Tan solo por el hecho de ser la naturaleza de las cosas que sumado a la constante búsqueda de desarrollo, ambición, necesidad, mejor calidad de vida o como se quiera llamar a la subsistencia misma del ser humano, una vez más cobra su cuota, cuota de dolor y vida, y  que pesar  de que muchas naciones han llegado a levantarse a través de su historia, ahora, no solamente sufren las consecuencias de su gran desarrollo y del sub desarrollo queda demostrado que no existe poder, ni creación humana que sea capaz de soportar la fuerza de la naturaleza al cien por ciento y las imágenes que circulan en redes de infinidad de países con sus sistemas de salud colapsados son terribles y en México vamos hacia una fase o etapa  tres, donde nuestro sistema de salud colapsaría, colapsará si seguimos creyendo en lo particular que nada nos pasará.

 

 No así el sistema que es más que seguro que en planes de contingencia y de crisis sanitaria seremos estadística, porcentajes que al ser rebasados como en otros países tan solo se dejará correr la naturaleza de las cosas como en cada etapa de la historia de la humanidad y aunque en cada País. El impacto de la naturaleza en cada región o país se da y dará en diversas escalas y formas, está en nuestras manos el intentar el bien o mal morir, así como hemos hecho el intentar el bien o mal vivir, al mantener las reglas naturales y científicas de no ser contagiados y de ser así, enfrentarlo con conciencia y no con el clásico valemadismo mexicano, ya sea en forma individual, familiar o nacional, tan solo porque al generar vida, generamos muerte debido a que desde el milagro de la concepción empezamos a vivir y a morir en forma física (cuídese, hay que cuidarnos). 

 

Sugerencias, atentados, averiguaciones y comentarios en: Siga a Foro Chiapaneco Prensa, Radio TV-Streaming en todas sus plataformas. Plasmo en redes imágenes de video desgarradoras de hermanos en desgracia que circulan en redes, para que usted y yo amable receptor hagamos conciencia.

 

San Cristobal de las Casas, Chiapas. 02 de abril de 2020.

Contacto:

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