POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

Espacio para el análisis crítico de los diferentes aspectos, perspectivas y planteamientos acerca del estado de las cosas en la comunidad mundial actual. Si quieres, puedes ampliar este foro de pensamiento, aportando tus reflexiones en forma de artículo.

EL REGRESO DEL TRIPULANTE DE “EL BARCO EBRIO”. Por Jorge Nájar.

06-12-2017.

 

REFLEXIONES EN TORNO AL POEMARIO “ASOMBROS” DE JORGE TORRES MEDINA.

 

1.

 

La historia del tiempo antes y después del hombre, me dije, es el eje de la reflexión que Jorge Torres Medina (Chiquinquirá, Colombia, 1956) nos propone en ASOMBROS (Caza de Libros Editores, 2017). En una primera lectura estamos ante la visión de alguien que ha recorrido desiertos, mares, montañas y nos pinta lo que esos ojos han visto, lo que su personalidad ha sentido y lo que sus neuronas han entretejido con esas múltiples visiones del planeta. No prima sin embargo la visión de un expedicionario. Prima, sí, el desencanto entonado con una voz muy singular. ¿El desencanto de qué? ¿En qué consiste esa singularidad? A diferencia del emblemático “El barco ebrio” en el que un Rimbaud de apenas 17 años, en el verano de 1871, acomete la osadía de crear la metáfora de un barco que habla, que siente, que piensa y crea sinestesias en torno a su relación con los ríos y los mares (“el despertar amarillo y azul de los fósforos cantores”), la “voz” con la que Jorge Torres Medina entona sus ASOMBROS no le canta al paisaje, ni se complace en la descripción de seres fabulosos; llora, eso sí, ruge, chilla por la extinción de ellos. Y también crea sinestesias. No es una encadenación de alejandrinos alrededor de las visiones delirantes de un bote epónimo perdido y hundido en el mar. En la voz rugosa del ser que nos habla reside el testimonio del hombre que se embarcó, literalmente, en la aventura del mundo. Metafóricamente, ahí están los momentos álgidos de la observación del caos que denuncia. Intelectualmente, estamos ante el despercudimiento del lenguaje tradicionalmente conocido como “poético” para así, como unas herramientas cientistas hundirse en la investigación de las raíces de la hecatombe ante la cual el género humano está confrontado en nuestros días. Así consigue crear el testimonio de un hombre que regresa de las “trampas en las que se pudre en los juncos todo un Leviatán” como decía el mismo Rimbaud en aquel lejano verano de su adolescencia.

 

2.

 

Estamos pues ante el regreso del tripulante que se embarcó en ese barco metafórico e intelectual. En la búsqueda de las “trampas” que han provocado el caos que nos presenta llegué a pensar que estaba ante una poesía militante. Acudiendo a un viejo modismo coloquial se podría decir que se trata de poesía “comprometida” como si toda poesía, sea cual sea su timbre y entonación, a condición de que sea Poesía, no fuese comprometida. Poesía comprometida, poesía militante, viejos modismo que ahora ya no significan ante el peso y la consistencia de la Poesía. Para corregirnos, la apuesta de ASOMBROS avanza sin embargo por esos linderos, ya no para denunciar las contradicciones sociales entre pobre y ricos, ya no para poner en evidencia los desajustes entre centralismos y periferias, ya no, en fin, para persistir en la propuesta de que identidad étnica se corresponde con identidad de clase. No. Nada de eso. Poesía universal a secas, comprometida, eso sí, por la intensa reflexión entorno a los estragos que ha constatado el hombre embarcado en el barco ebrio de la existencia. No nos habla el barco. No nos habla de su ebriedad. Nos habla de lo que el hombre ha hecho del planeta. Nos habla del “sapiens” y su obra devastadora a lo largo del tiempo. El grito. La denuncia. La chilla. Pero entonados desde un estricto posicionamiento ético que en sus caso termina por ser político: “Sentado en la dificultad / la vegetación es aliento // Avanzo medito me protejo / los depredadores asedian…”

 

3.

 

En un nuevo ajuste de tuercas, saltando de una estancia a otra de los ASOMBROS, recordé en parte la historia de la retórica de la poesía. Se ha sostenido que con la emergencia de la crisis de los recursos poéticos a finales del siglo XIX surgió la conciencia de la brecha entre el nuevo sentido de la realidad psicológica y las antiguas modalidades del discurso poético. Desde Rimbaud, pasando por Lautréamont y Mallarmé, buena parte de la tradición poética ha estado marcada por la obra de una serie de poetas que rompieron con las reglas estructurales de la definición poética. Los techos cerebrales se vieron convulsionados por esfuerzos rupturistas en la materia verbal. Mientras por otro parte las búsquedas más sensatas buscaban devolver a la palabra el poder de encantamiento. Y en ese camino la poesía se renovó a tal punto que unos convirtieron las palabras en actos, no de comunicación sino de iniciación a un misterio privado. Este desembarco del misterio privado llegó vigente hasta la post modernidad, renovada en otros por causas del industrialismo, invasiones, existencialismo y vacío intelectual que tomará sus cartas en la poesía. Pues bien, el matrimonio entre el júbilo renovador y la búsqueda en la poesía de la más alta forma de expresión, no de lo que ven los ojos exteriores, sino de lo que ven los ojos del alma humana en sus crisis por existir en cualquiera de los mundos, corre el riesgo de convertir los ASOMBROS de Jorge Torres Medina en la materialización de un hombre profeta, un ser que no necesita pasar por el desorden de los sentidos para hablar y llorar al mismo tiempo sobre el destino del planeta que ha engendrado los excesos del propio hombre. Acierta el prologuista Óscar Perdomo Gamboa cuando sostiene que en ASOMBROS el poeta “no tiene miedo a abordar lenguajes supuestamente prohibidos… Torres reinventa palabras que los científicos encerraron en su jerga.”

 

Estamos, en suma, ante una propuesta poliédrica. A la vez heredera de las grandes expediciones por selvas, mares y volcanes, como de las reflexiones de los grandes pensadores sobre el destino del hombre, sin dejar de lado los anhelos de una poesía comprometida con la idea de los cambios. Cambios dentro de nosotros mismos. La revolución de todos los días, pero sobre todo dentro de cada uno. He ahí su credo. He ahí su “Ecología del ser” y su anhelos des “desmontar la guerra en el olvido.”

LAS REVOLUCIONES DE JUAN RULFO (1917-1986): LA REVOLUCIÓN POLÍTICA Y LA REVOLUCIÓN ESTÉTICA/ÉTICA. Por Fabio Jurado Valencia.

Juan Rulfo nace en el año culminante de la revolución agraria y la nueva Constitución de México (1917). Padecerá los miedos, siendo niño, de la segunda revolución, la de los cristeros (1926-1928), surgida como una respuesta de la iglesia al carácter liberal y laico de dicha Constitución. De algún modo la revolución cultural liderada por José Vasconcelos –con las bibliotecas y un acceso más democrático a los libros- tendrá una presencia en Rulfo en su formación como lector/escritor. La beca del Centro Mexicano de Escritores otorgada en 1953 propiciará la relativa tranquilidad que un escritor requiere para avanzar en el proyecto literario, para el caso de Rulfo iniciado en la década de 1940 con la publicación de los primeros cuentos en revistas de Jalisco: “La vida no es muy seria en sus cosas” (1942), “Nos han dado la tierra” y “Macario” (1945).

 

El pensamiento de Rulfo fue revolucionario frente a la “revolución mexicana”, proyecto de Estado institucionalizado por la burguesía emergente o nueva burguesía, como la llamara Azuela en una de sus novelas breves. Ya desde el cuento “Nos han dado la tierra”, Rulfo introduce la ponzoña de la ironía sobre la calidad de la tierra otorgada a los campesinos, otrora revolucionarios, y sobre la figura del gobierno, un órgano omnipresente supuestamente neutral en las políticas agrarias. Como ha dicho Alberto Vital en las Noticias sobre Juan Rulfo (2004, 134):

 

A partir de septiembre de 1953, la aparición de El llano en Llamas y otros cuentos, como número 11 de la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica, representó una clara voz de alarma frente a la falta de respuesta del ya muy maduro Nuevo Régimen ante los viejos reclamos de la población y ante una realidad que el propio vigor del capitalismo moderno estaba provocando: incontables mexicanos se estaban quedando fuera del desarrollo y se veían orillados a una violencia que Rulfo percibió en sus últimos matices y resortes.

 

En “Nos han dado la tierra”, los campesinos caminan y caminan y no encuentran la tierra prometida: la tierra de la ilusión, las tierras fecundas; entonces se van desperdigando por ese “duro pellejo de vaca que se llama el Llano”; solo cuatro, entre “veintitantos”, prosiguen y se internan en un pueblo, con su río y sus árboles de “copas verdes” y sus “chachalacas verdes”. Luego hemos de conjeturar que aquellos hombres son los que aparecen en “La cuesta de las comadres”, como señal de la impotencia frente a la inconsistencia de la reforma agraria: los hermanos Torricos son asaltantes de caminos.

 

En Rulfo, el pudor en el acto de escribir deviene de la aprehensión crítica de las estéticas de su tiempo y de las lecturas compartidas con Juan José Arreola, Efrén Hernández y Antonio Alatorre. Ese pudor –de allí su permanente corrección- en el acto de escribir cuentos (El llano en llamas) y novelas (Pedro Páramo, El gallo de oro y borradores de una novela siempre inacabada) desembocará en una estética o poética en la que la oralidad es escriturada en la comarca de los monodiálogos. Después de Rulfo vendrán las obras de Carlos Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa y tantos otros autores latinoamericanos que hicieron volver la mirada de los lectores de todos los continentes hacia este lado del mundo. Se trata pues de la revolución estética en la narrativa literaria, porque sin ningún temor e independientemente de la fama, Rulfo, rompiendo con los modelos narrativos de entonces, le apostó, como lo hiciera también García Márquez, a una literatura en la que no leemos sino que escuchamos a través de lo que leemos.

SOBRE MIEDOS Y DESHUMANIZACIONES. Por Carlos Fajardo Fajardo.

El destierro del concepto de dignidad en el capitalismo depredador actual, junto a la desaparición casi abrupta de una concepción humanista, han legitimado la corrupción política y la atroz anti-ética empresarial mercantil; un cinismo galopante y creciente, la perversa ideología de la mentira como dispositivo de manipulación social y la desinformación masiva en los medios de comunicación. Como resultado tenemos la liquidación del sentido humanístico y la imposición de valores ecónomos, datos bursátiles y estadísticos. En medio de todas estas estrategias, el neoliberalismo globalitario genera nuevos miedos que coaptan las libertades individuales, paralizan las autonomías personales, en tanto que, como una trampa más, impiden arriesgarse a ser libres de terrores infundados. Miedo a perder el empleo, a la pobreza, al terrorismo, a las invasiones de inmigrantes,  al multiculturalismo global que genera pérdidas de identidad… En fin, son miedos que desaparecen el sentido de solidaridad, de respeto, alteridad, dignidad y de congregación con el semejante. A cambio, los miedos imponen individualismos, egoísmos, competitividad, mentalidades de salvación personal y una agorafobia creciente y antisocial.

 

La puesta en marcha de ciertos sentimientos emotivos, sensacionalistas, resucitan las viejas tácticas y técnicas de los fascismos del siglo XX. El destierro de la dignidad humanizante y solidaria es evidente cuando se ubica en los escenarios mundiales al miedo como entidad óntica, suprema, cuyos propósitos son beneficiar a unos pocos, desterrando del bienestar a la mayoría, víctima de paranoias infundadas.

 

En Europa y Estados Unidos, por ejemplo, se han expandido los miedos a la amenaza de “invasiones bárbaras” provenientes de países del tercer y cuarto mundo, lo que genera cada día más exclusión al extranjero, más rechazo al diferente y una potencialización peligrosa de los nacionalismos neofascistas. El destierro humanista se hace patético. Los inmigrantes son los nuevos enemigos y una oportunidad para que las ultraderechas se fortalezcan y legitimen su ascenso al poder. La xenofobia asume puesto de honor en estas cartografías geo-políticas. El racismo se establece como un arma para rechazar la amenaza de invasión de lo extranjero y diferente. Europa y Estados Unidos explotan estos miedos, los exageran y amplían a todas las clases medias, que como tal se sienten amenazadas y ven su protección en los discursos populistas discriminatorios.

 

Ante el miedo a los inmigrantes extranjeros y desplazados internos–diríamos desterrados-; frente a la barahúnda de gente “rara” copando los espacios cotidianos -antes aparentemente “tranquilos” y “apacibles”-, se eleva una voz de protesta y de indiferencia antisocial que ignora las circunstancias políticas y las tragedias humanitarias que han llevado a tal situación. La opinión mediática se ha encargado de dicha des-educación sobre los verdaderos causantes de estos destierros masivos; ocultan que el neoliberalismo y el neocolonialismo, con su atroz maquinaria devastadora, fabricante de guerras y de pobreza, son los culpables de tanta degradación humana. Los nacionalismos antirracistas, entonces, son caldo de cultivo para unas derechas chovinistas, que han construido como enemigos a los recién llegados, a los despojados, a los sin Estado, sin patria, sin lugar ni techo. Son la plaga que trae la “peste” contemporánea, los “malditos”, portadores de malos tiempos; por tanto, no serán nunca bienvenidos.

 

Se trata de estigmatizar al otro por diferente, volverlo extraño, anormal, víctima; hundir su palabra y su discurso en el silencio, callarlo a través del ninguneo y la invisibilidad, no aceptarlo, no escucharlo, no admitirlo, odiarlo; señalarlo como culpable social, como indeseado; llevarlo al exilio, a su desaparición y partida definitiva.

 

Vivimos con estos miedos tanto en el llamado primer mundo como en el ahora denominado “sur-global”. Miedo existencial como hecho cultural. Es la consecuencia de la creación, por parte de los acaudalados del mundo, de supuestos causantes de todas nuestras desgracias -llámese terrorismo real y ficticio, Irán, Siria, chavismo venezolano y gobiernos progresistas-, montajes que los neofascismos y las derechas latinoamericanas y mundiales construyen para justificar la mayor agresión política, económica y mediática que se haya visto en las últimas décadas. Es una vuelta a crear demonios y monstruos, como lo fueron en la guerra fría la URSS, China, Cuba y los países socialistas; un retorno a instaurar el miedo, metódica y sistemáticamente, so pretexto de fortalecer la seguridad nacional y defender la democracia. Entonces, paralizando a los ciudadanos con infundados terrores, enjuiciando y desechando a los problemáticos, el neoliberalismo prepara y ajusta sus armas, tiene su camino de rentabilidades financieras y de privatizaciones asegurado.

 

El miedo marcha por oficinas y corredores, inunda las salas de reuniones burocráticas, viaja y calla la boca de los lúcidos, paraliza las voces de los que sólo viven para satisfacer a sus “jefes”. Cuánta tranquilidad trae para los déspotas; cómo garantiza la continuidad en su puesto al neo-esclavo. Es un miedo grávido, pesado, que teme a la levedad, a la risa, a la ironía, al desenmascaramiento. Es el miedo a la profanación del templo. El estatismo es su sino, pero para aquel que lo desafía, el destierro será su condición.

 

“El capitalismo es amoral y no entiende el concepto de dignidad humana”, ha escrito Boaventura de Sousa Santos; es una máquina trituradora de seres, que impone “una cultura del miedo, del sufrimiento y de la muerte para las grandes mayorías”. Sin embargo, “es posible luchar contra la supuesta fatalidad del  miedo”.1 Esa lucha debe ser conducida, según de Sousa Santos, por tres palabras guías: democratizar, desmercantilizar, descolonizar. Tres palabras claves como propuestas sociales para hacerle resistencia y re-existir a las lógicas del capital financiero, a su desarrollismo lucrativo mordaz, el cual destierra las ideas de justicia, democracia participativa y equidad  social2.

 

Sumergidos en la sociedad de la acumulación y concentración de capitales; padeciendo las involuciones respecto a las conquistas laborales logradas en el siglo XX por las luchas sociales y sindicales; atrapados en los miedos que la “sociedad del rendimiento” (Zygmunt Bauman) genera debido a sus exigencias de sobrehumana eficacia, nos hemos vuelto seres depresivos y fracasados, autoexplotados, autoextenuados por tratar de dar la talla que exige el neoliberalismo; hombres y mujeres con un profundo sentimiento de culpabilidad por su fracaso y, al decir de Bauman, con una “insuficiencia vergonzante que los despoja de cualquier vestigio de autoestima, a lo que contribuyen su infortunio y su humillación”3. Con tales presiones y miedos a la no seguridad personal, a la desprotección por parte del Estado; cargando todo el peso como si fuéramos culpables de nuestra “mala suerte” y con el temor a que se nos considere insuficientes, ineptos, ineficaces y nada emprendedores, vivimos controlados como nuevos súbditos en la sociedad de los “rendidores”.

 

1 De Sousa Santos, Boaventura (2017). Trece cartas a las izquierdas. Bogotá: Ediciones desde abajo. p.51.

 

2 En palabras de Boaventura de Sousa, “Democratizar la propia democracia, ya que la actual se dejó secuestrar por poderes antidemocráticos (…). Desmercantilizar significa mostrar que usamos, producimos e intercambiamos mercancías, pero que no somos mercancías ni aceptamos relacionarnos con los otros y con la naturaleza como si fuesen una mercancía más. Somos ciudadanos antes de ser emprendedores o consumidores (…). Descolonizar significa erradicar de las relaciones sociales la autorización para dominar a los otros bajo el pretexto de que son inferiores: porque son mujeres, porque tienen un color de piel diferente o porque pertenecen a una religión extraña” (ibíd.  Págs. 51,52).

 

3 Bauman, Zigmunt. Extraños llamando a la puerta (2016). Bogotá: Paidós. Pág. 56.

 

LA MANIFESTACIÓN ESPIRITUAL DE LA EPIFANÍA. Por Gabriel Arturo Castro

Epifanía, llegar a la frontera donde se suspende el tiempo y se materializa la emoción en un espacio sin límite de nuestra propia memoria. Da cuenta de una manifestación en un sentido solidario al origen de la palabra entusiasmo. Este es el lugar privilegiado y extraño donde el poeta busca la exaltación subjetiva del tú, de los otros que leemos en la enunciación del poema, para objetivarla como experiencia de su yo; regresa nuestro presente al suyo (evocando el pasado, leyendo el futuro y haciéndolo memoria) y trayéndonos su presente al nuestro, anticipándose a su futuro para olvidarse de su presente. El tiempo se suspende pero igual sale en estampida, inaugurando un vacío entre esos dos movimientos. La epifanía  liquida la temporalidad del tiempo y advierte aquellos vacíos del espacio, gracias a la participación de la experiencia del poema, su instante territorial. El tiempo allí se detiene sin dejar de transcurrir y lo sentimos como algo perdurable y fugaz en un mismo acorde, inmortal y efímero a la vez, imperecedero y breve al unísono, un punto de intersección, cruce y encuentro misterioso y mítico, de lo intemporal con el tiempo lineal y del vacío con el espacio, punto de partida y de llegada.

 

James Joyce denominaba epifanía a los fragmentos e impresiones rápidas que se presentan ante el hombre y que éste debe fijar con ayuda del lenguaje en todo su carácter apasionante y convertirlas en perceptibles para los demás. En la poesía lo normal y lo cotidiano se torna un enigma por medio del descubrimiento, la evocación, la ruptura con el tiempo habitual y la reflexión. De tal manera surge lo nuevo, lo distinto, lo inédito como la instauración de otro punto de vista frente a la realidad.

 

El poeta se detiene frente al umbral, a la puerta del tiempo, mira el pasado, hace manifiesta la memoria y antes de dar el paso a la renovación, instala por un momento su presente, su conciencia de sí y del lenguaje que exalta en lo desconocido, ambiguo y transitorio.

 

El presente del “yo suspiro” es perpetuo, dice Sucre, “pero no con la continuidad uniforme de la eternidad. Su perpetuidad admite lo discontinuo y distinto; fijeza en las mudanzas. El presente se ramifica y admite la dispersión”.  Sólo mediante la epifanía existe aquél presente sensible, el génesis particular, reinterpretado y creado por la conciencia del tiempo, la cual es singular y circunstancial, es decir, personal, pues se trata de la agudeza de la visión del poeta, gracias al carácter ocasional e irrepetible de la aparición súbita, de la iluminación o fogonazo. Manuel Ballestero da un ejemplo de un acontecimiento epifánico:

 

Quien va a morir, dicen, vislumbra en un relámpago lo que ha sido. Años y días, desvanecido el encadenamiento temporal, al parecer se precipitan como en un haz luminoso, se superponen y confunden estáticos y llanos en un momento efímero. En esa claridad última, irradiante y espléndida, y como suspendidos de un fulgor instantáneo, surgen los rostros, sombras, vertiginosos paisajes, atmósferas de cuartos, amaneceres y hasta lejanos sueños.

 

Tal chispazo (el relámpago que ilumina, divide y oscurece tras la aparición de la muerte) es inmediato, directo y nítido. Se da en el aquí y en el ahora, en la actualidad de la experiencia intensa y presente o intemporal que dará luego vida a la memoria de un pasado o al presagio del futuro. La epifanía es la manifestación de ese momento individual del encuentro con la muerte, una experiencia iluminada, profundamente personal en su sublimación, entrega y  percepción subjetiva, sutil, de entereza y firmeza espiritual, donde el yo se libera dramáticamente y se relaciona con la meditación, la reflexión y  el rasgo visionario.

 

Entonces la epifanía  es la voz en acción que detiene el tiempo, lo congela para que el poema permanezca. Se trata de un corte significativo que le practica al tiempo continuo, el instante poético que irrumpe en una realidad sublimada, resignificada y reinterpretada. La epifanía es por lo tanto esa bendición o santificación del instante y a su vez es la consagración de la suma brevedad, síntesis depurada, cristalización, condensación rotunda, la fugacidad del acontecimiento que se opone a la paz inmóvil. Aquí los tiempos (lo eterno y lo súbito, lo perpetuo y lo inmediato, lo lento y lo repentino) entran en un conflicto momentáneo, una tensión o lucha que la mirada descubre y fija en ese instante del tiempo llamado epifanía, hecho posible cuando una cosa exterior y objetiva se transforma o se precipita en otra interior y subjetiva. La obra de arte intenta registrar el instante en que una cosa exterior y objetiva se transforma en otra interior y subjetiva, es decir, en una imagen visionaria, reveladora de espacios poéticos nuevos. Lo vital es captar lo profundo de las cosas que lo rodean. Este poder del artista se asemeja al que sienten los místicos y santos cuando acceden a esa “verdad divina”, pues el poeta es un ser de comunión con el mundo, de humilde acercamiento al hombre. Místico, en las lenguas latinas, es la transcripción del término griego mystikós, que significaba en griego no cristiano lo referente a los misterios (ta mystika); es decir, las ceremonias de las religiones mistéricas en las que el iniciado (mystes) se incorporaba al proceso de muerte-resurrección del dios propio de cada uno de los cultos.

 

Ya en el siglo XVII se utilizaba el concepto “místico” para designar a las personas que viven una experiencia especial o tienen una forma particular de conocimiento de Dios. Es una experiencia interior, inmediata, que tiene lugar en un nivel de conciencia que supera la que rige en la experiencia ordinaria y objetiva, de la unión del fondo del sujeto con el todo, el universo, el absoluto, lo divino, Dios o el Espíritu.

 

Underhill afirmaba que “la mística es la expresión  de la tendencia innata del espíritu humano a la completa armonía con el orden trascendente, sea cual sea la fórmula teológica con la que se comprende ese orden”.

 

Hay místicos que afirman la huida del mundo, que poseen espíritu monacal y representan la salvación como disolución del individuo en el Absoluto (Simeón, Miguel de Molinos, por ejemplo).  Pero también existe la fe contraria: la piedad profética que afirma la persona, el mundo y la historia; se realiza como revelación, reconoce a un Dios personal y se propone la transformación del mundo (Matsuo Basho, Arybhata, san Andrés, Alberto Durero, Saadi, entre otros).

 

La solvencia y el rasgo propio del lenguaje místico consisten en ser un lenguaje de la experiencia. Los místicos expresan una experiencia de una realidad trascendente. En ellos se produce una trasmutación donde todo saber es interiorizado, pues procede de una fe vivida y de una acción intensa de unión con Dios, un conocimiento considerado subjetivo e interior, los cuales, a pesar de su inefabilidad, se dejan expresar en literatura por medio de la palabra, a través de la reflexión, la descripción y la “metáfora viva”, ya que existe una afinidad estrecha entre la poesía y la mística (uno de sus representantes más importantes es Rilke).

 

La mística es un modo de concebir la relación del espíritu humano con la Realidad última. La mística presupone que el hombre ha de ser partícipe de la naturaleza divina si ha de conocer a Dios. El hombre interior existe, su vigilia y su sueño, la imagen del mundo visible e invisible, el estado permanente de misterio, “el mundo de la maravillosa majestad” del que hablaba Plotino.

 

Al apoyarse siempre en la materia, en la figura, su indagación poética brotará siempre de las entrañas mismas de las cosas. Esta visión y participación directa, de posesión activa, se conjuga con la vivencia total de la experiencia del creador. En el poeta hay un impulso vertical, aéreo, que lo guía, más cuando advertimos sus imágenes ascendentes, debido a que su palabra es un instrumento de búsqueda profunda, nueva, intensa y trascendente, con la cual consigue la revelación. Dicha cualidad se da cuando el portador de la palabra mística se adentra en la realidad y detenta una claridad como don, conexión de la luz con la oscuridad, integradas tras una fervorosa búsqueda de conciliación. El poeta intenta así expresar en palabras las vivencias de difícil manifestación, una verdad interior sólo asequible por la fe. En su plena noción, la poesía es una alabanza, un movimiento de iluminación, dirigida a los hombres en forma de unión, compañía, alianza, solidaridad y diálogo. De semejante lugar surge una voz íntima, la voz del cuerpo del lenguaje intenso.

 

Sabemos que la mística es la sustancia misma de lo humano. Lugar y tiempo trascienden en consagración y plenitud y se reflejan en el creador a través de la potencia creadora y la pasión poética, dueños del lenguaje y de la palabra nueva. Porque a un mundo nuevo construido le corresponde un nuevo lenguaje, el lenguaje de la libertad que inventa lo que nombra y que habita. Heidegger afirmó, conforme con lo anterior, que “habitar poéticamente significa estar en presencia de los dioses y ser tocado por la esencia cercana de las cosas”.

 

Se trata de la apertura infinita a la palabra y la destrucción, por lo tanto, de un sentido único, gracias a la constante interrogación desde la experiencia que lo transforma todo. Así lo expresa Blanchot:

 

El poema es la ausencia de respuesta. El poeta es quien, por su sacrificio, mantiene en su obra la pregunta abierta. En todo tiempo, vive el tiempo del desamparo, y su tiempo es siempre el tiempo vacío donde debe vivir la doble infidelidad, la de los hombres y la de los dioses.

 

Argumentará también que todo poema es un exilio insatisfecho y el poeta será un errante, fuera de sí mismo, de su lugar natal, extranjero, el siempre extraviado, aquel que está privado de la presencia firme y la residencia verdadera”.

 

El poeta  vive en lo sobrenatural y así está imbuido del paulatino intento de substantivizar la fe, de encontrar una sustancia de lo invisible, alcanzando dentro de la poesía un mundo de rotunda y vigente significación.

 

Volvamos a la epifanía o el registro de un instante fugaz y yuxtaposición de dos órdenes de experiencia, uno perceptivo y otro imaginario, cuando un elemento de la realidad positiva entra a formar parte de la conciencia del poeta, otorgándole a aquella súbita revelación y manifestación espiritual un sentido trascendente. Porque lo esencial de la poesía es el temperamento que la abarca, la variada significación vital, el tono anímico, su conmoción y palpitación  interior,  no la verdad exterior, tal como lo manifiesta Pfeiffer: la poesía logra abarcar de un aletazo la totalidad de lo existente, conjurar de un golpe lo más cercano y lo más lejano. Aquello que para nuestra experiencia está y permanecerá siempre separado se une y mezcla en virtud del hechizo poético. Porque lo que la poesía quiere decirnos no lo captamos con la mirada fija en el tema y en el motivo, sino entregándonos al modo de presentación henchida de temple de ánimo y de su atemperada significación.

 

El temple de ánimo surge dentro de nosotros y nos invade como una fuerza inconsciente que generará una tensión y estado de excitación. Tal fuerza es reveladora, una virtud iluminadora que descubre nuestro ser más auténtico. Así lo manifiesta Guillermo Sucre:

 

El cuerpo y el instante constituyen una experiencia más compleja, que vive sobre todo de la tensión: no quiere borrar la contradicción sin antes hacerla más intensa. No se trata, pues, de una moral de la compensación, sino de una pasión; tampoco de un mero instinto, sino de una conciencia. Por medio del instante, el hombre se encuentra consigo mismo porque simultáneamente se encuentra con la presencia real, visible, tangible: el mundo entra en mí, yo entro en el mundo. En el instante, el tiempo deja de ser opacidad sucesiva y reasume su fluir de tiempo original, desligado de la compulsión cronológica. Lo insólito es que lo reconquistamos en este día que mañana será memoria.

 

La concreción de la epifanía en el poema es mínima pero su sabiduría es máxima. Su expresión concentrada nos enseña una suprema comprensión del mundo.

 

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