POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

A MÁS DE 40 AÑOS DE MAYO DEL 68. ME PONE EL SISTEMA NERVIOSO

Por Gonzalo Márquez Cristo

 

 

El alud sensible de Mayo del 68 jamás fracasó –como lo suponen los sociólogos

conservadores– por el sólo hecho de que un sueño nunca puede ser derrotado y el no

realizarse es la condición sine qua non que lo hace invencible. Las revoluciones

truncadas se eternizan, los héroes al contrariar su destino preparan su retorno. Los

fracasos pertenecen al ámbito de lo real pero es atributo del sueño y de su incesante

renacer, imaginar que las injusticias podrán algún día ser restañadas.

 

Hace más de 40 años el maridaje entre el surrealismo y el marxismo abrió

espacios que todavía avanzan por senderos imprevistos. La poesía asaltó la historia. Y

cuando los estudiantes escribían consignas en las paredes de las universidades de

Nanterre, la Sorbona, el Liceo Condorcet o la Rue Rotrou de París, el mundo asistió al

relevo destellante de lo poético, que irrumpía con toda su magia para recordarnos el

brillo solidario de la existencia, pues la poesía, es al parecer la única que todavía se

acuerda de la vida. "La poesía está en la calle", rezaba el famoso graffiti escrito en

aquel convulso momento, que evocaba los Manifiestos Surrealistas firmados por Breton

en la década del veinte.

 

Los versos del niño salvaje que trabajó para hacerse vidente (Rimbaud) eran

escritos en las paredes de numerosas ciudades un siglo después, para que todos

recordaran que "la vida está en otra parte", en otro lugar inaprehensible cuyo acceso

siempre nos ha sido denegado. Una extraña fusión de ideologías y sensibilidades

campeaba por las calles de París, la idea de "transformar el mundo" de Marx y la de

"cambiar la vida" de Rimbaud, tuvieron unas nupcias ardientes durante casi un mes en

aquella inolvidable primavera, en la estación violenta. Y la vida –extrañamente

invitada– por una sociedad que siempre se empeña en excluirla, asistió desplazándose

en el vehículo de una violencia benéfica, en su fulgor arrasador, sin el cual como tantas

veces se ha corroborado, pareciera no existir.

 

Por Mayo del 68 supimos que el sueño era un derecho, en verdad una

obligación, si queríamos que una sociedad ruin como la que hemos inventado fuera

puesta en entredicho. Comprendimos que nada era más subversivo que el sueño, que en

él acechaba todo ímpetu transformador del ser humano. Y entonces su peligro fue

convocado por millares de seres que asumieron el riesgo de la ilusión.

 

El cineasta italiano, Bernardo Bertolucci, al ser interrogado durante la

inauguración de su film Soñadores (2003) que recrea los acontecimientos del mítico

Mayo, sostuvo algo irrefutable que levantó una oleada de críticas: esa revuelta nunca

fracasó, pues a pesar de que muchos de sus protagonistas han virado en su orientación

política, es innegable que las conquistas del feminismo, de los grupos étnicos, de los

humanismos de izquierda y de la revolución sexual, se han aproximado a su centro real.

Y daba así la razón a Jean Paul Sartre quien en un difundido diálogo con el líder

estudiantil Daniel Cohn-Bendit (llamado Daniel el Rojo) interpretó lúcidamente los

sucesos que fijaban en ese momento la atención del mundo hasta llegar a aconsejar: "Se

trata de lo que yo llamaría la expansión del campo de lo posible, nunca renuncien a

eso". Hoy sobra decir que la mayoría renunció a aquella necesaria aventura y eludió los

hallazgos legados por el sueño.

 

"Todos somos judíos alemanes" habían escrito los estudiantes en la Sorbona

para luego emprender una de las marchas más fraternales y crepitantes de la revuelta

parisina, y gritando esa consigna realizaron un simbólico acto de venganza histórica, y

aunque "Exagerar es el arma" como propuso el graffiti de la Facultad de Letras,

podríamos concluir –con la ventaja de estas cuatro décadas– que desgraciadamente no

todos somos judíos alemanes, porque hemos visto que la mayoría olvida, y el olvido no

es sino el triunfo de la traición, a nuestra condición humana, a nuestra etnia, a nuestra

clase, a nuestro credo vital.

 

El poder cuenta desde siempre con los espurios beneficios de la amnesia,

estimula la necesidad, tiñe nuestras dependencias, nos niega la opción del placer que

Marcuse –brújula filosófica de la insurrección estudiantil- oponía a esta sociedad

unidimensional y acrítica. "Prohibido prohibir" y "Decreto el estado de dicha

permanente", son dos lemas forjados en aquel entonces por algunos poetas anónimos

en la Facultad de Ciencias Políticas, dejando a la lúdica toda la fuerza de la ternura

transformadora.

 

Grandes escritores entraron súbitamente en la vida de los habitantes parisinos.

La poesía era escrita en los muros y la ciudad se convirtió en una especie de libro que se

leía al caminarla, al recorrerla en metro o autobús. La ciudad fue un libro errante que

traía todas las mañanas nuevas frases que modificaban lo consuetudinario. Y entonces el

eterno retorno de Nietzsche hizo su advenimiento cuando alguien escribió en el Odeón

su perturbador pensamiento: "Es necesario llevar en sí mismo un caos para poner en

el mundo una estrella danzante". Y en Nanterre otra mano anónima recobró para los

comunes ciudadanos la fuerza indómita de Shakespeare: "Hay método en su locura",

brillante paradoja dedicada al príncipe Hamlet. Y el final de Nadja de André Breton

encontraría también su pared virginal: "La belleza será convulsiva o no será". Porque

allí, en la comunicación extensiva de los muros este movimiento magnífico y

transparente, adquiría toda la contundencia asumida en la frase de Schiller "¡A la

libertad por la belleza!"

 

Así la imaginación como pedagogía era impuesta por unos repentinos locos que

se tomaban las calles con un aerosol y que luego construirían numerosas barricadas

entregados a la nostalgia libertaria de la Revolución Francesa: "La imaginación no es

un don, sino el objeto de conquista por excelencia (Breton)", escribió algún alumno

del Liceo Condorcet. "La imaginación toma el poder", deseo tan pueril como

pertinente. Y el emblemático: "Sean realistas: pidan lo imposible", conforman la

selecta antología de aquella muroteca lírica.

 

Y el humor encontró su tributo: "Soy marxista de la tendencia Groucho",

"Inventen nuevas perversiones sexuales, ya no puedo más", "Amaos los unos

encima de los otros", "Estamos tranquilos: dos más dos ya no son cuatro", y

"Durmiendo se trabaja mejor, formen comités de sueños"; hacen parte de las

creaciones verbales reiteradas por los cronistas de ese tiempo singular.

 

Pero como una de las características del sueño es su contagio, pronto comenzó la

emulación planetaria y la pesadilla reinó. El 2 de octubre de ese mismo año Ciudad de

México padecería el episodio de Tlatelolco, cuando el presidente Díaz Ordaz llevó a

cabo la masacre de tres centenares de personas, sin que de nada sirviera el conjuro que

alguien escribió en la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma: ¿Cuándo

volverás, Zapata?

 

Desde entonces el graffiti demostró en todas las latitudes su poder de resistencia.

Durante la cruenta invasión a Praga un perseguido escribió la luminosa sentencia:

Despierta Lenin, el mundo se ha vuelto loco!", que se convirtió en grito

multitudinario cuando las tropas rusas instauraban la denominada Primavera Negra.

Posteriormente todo el planeta podría leer en las fotografías testimoniales el terrible

"Ellos ganarán", que algún checo escribiera sumido en el desasosiego.  

 

Luego, durante las dos últimas décadas, vimos surgir una nueva e inocua

profesión: la del grafitero, el cual como comprobación de la decadencia de nuestro

tiempo, abandonó la palabra y se dedicó a una especie colorida de comic, de letras

tridimensionales, signos extraños, pero ajeno a todo contexto político y libertario; y la

condición de protesta furtiva contra el establishment se diluyó a tal punto que en varias

ciudades del mundo (como en Barcelona) y en numerosas universidades de todos los

continentes, existen muros destinados al "graffiti legal". Así hemos admitido la

frivolización de la protesta. La crítica por obligación o divertimento, la extraña

institución de lo que antes era perseguido. Ya nadie recordaría que una frase pintada en

una pared con letra trémula había podido enfrentar a un ejército.

 

La poesía se fue de las calles y volvió a su lugar secreto, al libro, de donde es

imposible saber cuándo volverá a escapar. Y ya no se podrá decir: "Heráclito retorna;

abajo Parménides", como en ese París convulso, ni como decían los muros en la

Bogotá de los setenta y en tantas ciudades latinoamericanas: "Mi mamá me mimaba

hasta que la desaparecieron", o "La esperanza es lo último que se perdió", o el

metafísico "Siempre buscaremos eso", y ni siquiera la frase escrita en la Universidad

Nacional de Colombia en una época de sobresaltos y persecuciones: "Me tiene el

sistema nervioso".

 

Por ahora desconocemos si los muros enmudecidos (por panfletos obvios y

seudo arte) recobrarán su fulgurante factor de resistencia, si la palabra poseída los

sacará de su letargo de décadas, porque cuando esto ocurra la poesía se desatará para

asaltar la petrificada realidad y entonces será venturoso decir de nuevo: "Locura, no

invoco tu nombre en vano"; pero mientras tanto debemos festejar que recientemente

alguien en un muro céntrico de Bogotá, escribió su grito solitario como una forma de

iluminadora esperanza:

 

Despierta Marcuse, el mundo se ha vuelto cuerdo!"

 

* Poeta y periodista colombiano, director de la revista cultural Común Presencia,

de la Colección Los Conjurados. Premio Internacional de Ensayo Maurice Blanchot.

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