POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

DE LA NUEVA REBELIÓN A LA NUEVA OSCURIDAD: BEATNIKS Y NADAÍSTAS. Por Armando Romero.   

10-06-19.

 

No podemos negar que los norteamericanos de los Estados Unidos son factor fundamental en el movimiento cultural, político y social del mundo entero desde que se lanzaron a la democracia como triunfo de la burguesía. Y hoy en día con más fuerza, dado el poder que viene del dinero y su aliada la ciencia. Sin embargo, a veces pienso que ellos descubren el mundo cada dos o tres décadas. Lo descubren para ellos, se entusiasman con su nuevo hallazgo, lo incorporan como parte de su cultura, y luego lo olvidan en aras de la nueva búsqueda y subsecuente encuentro. Lo interesante de esto es que entonces el mundo se descubre descubierto, bautiza lo que ya existía con un nuevo sustantivo anglosajón y lo deglute como parte de la cultura del momento, o lo mastica como chicle, divertido. Pienso en estas dos líneas confluyentes cuando me encuentro con la poesía de Allen Ginsberg y por extensión, la generación beat. Pero antes de seguir con esta especulación intelectual, permítanme ir a la memoria.

 

Bien recuerdo los días de comienzos de la década del 60 cuando encontré en mis manos, gracias a mis compañeros nadaístas, un ejemplar de la revista Eco Contemporáneo que dirigía el argentino Miguel Grinberg, y allí pude leer América, uno de los más  famosos poemas de Ginsberg, y donde el poeta hacía clara, visible, su homosexualidad. Poco después caería como una bomba, nada extraño en la Colombia de entonces y de hoy, su poema Aullido (Howl). Poemas que inmediatamente publicaría Alfredo Sánchez en su ya legendaria Esquirla, el suplemento literario del diario El Crisol.

 

Ya desde el primer versículo este poema daba en el centro de nuestra necesidad vital, poética: “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles…”. Voz de la nueva rebelión que venía del norte, se aunaba a la nueva oscuridad que predicábamos nosotros, los nadaístas. Allí estaban, en línea, los adjetivos que tocaban nuestra rabia, nuestra angustia, nuestra desolación, pero también nuestra alegría y humor juvenil. Y desde ese momento en adelante Allen Ginsberg fue uno de los nuestros, alguien que nos acompañaba en espíritu y poesía por el camino, en los bares humosos de droga y alcohol, y en el descubrir que Cali no era un pueblo miserable sino una ciudad creciente, y que no éramos un subproducto cultural provinciano, sino los llamados a cambiar el clima cultural de todo el país, “desacreditar el orden”, como era la proclama de Gonzalo Arango.

 

Es interesante notar que Ginsberg no estaba muy lejos físicamente de nosotros en aquel entonces, porque fue en esos años cuando de visita en Chile, invitado por Gonzalo Rojas de la Universidad de Concepción, dictó su famosa charla a punta de ronquidos, ya que borracho se quedó dormido en la mesa del auditorio antes de hablar; también entre Bolivia y Perú se empaquetó unos viajes de “ayahuasca”, la droga sagrada de incas y aymaras, y si no llegó a Colombia era porque lo esperaban Paul Bowles y William Burroughs en Tánger, o Peter Orlovsky en el famoso Hotel Beat de París.

 

Fue en 1965 cuando Ginsberg invitado a Cuba dice la leyenda le tocó el trasero a Haydee Santamaría y trató de enamorar a cuanto efebo caminaba por las calles de La Habana. Su visita era en ocasión a una de esas fiestas de la izquierda que se llamaban Premio Casa de las Américas. Como invitado especial estaba también de jurado nuestro compañero nadaísta Elmo Valencia, mejor conocido como “el monje loco”. Llamados a concilio, los jurados en pleno, excepción de Camilo José Cela, votaron por la expulsión a Praga de Ginsberg. La postura de Elmo Valencia, que no vale la pena juzgar, dice sí de las vacilaciones de algunos de los integrantes del movimiento nadaísta con respecto a la revolución cubana.

 

Hablaba al comienzo de esas dos líneas que se encuentran cuando nos hallamos frente a la cultura norteamericana. Ginsberg y sus compañeros de la beat generation no son la excepción. Aunque mucha de la fuerza que viene en su poesía está ligada a William Blake y a Walt Whitman, la experimentación de escritura automática, libre, casual, circunstancial, que predica para ese entonces Jack Kerouac, la cual hace eco en el joven Ginsberg, viene de la vanguardia surrealista europea, de los gritos sin sentido de Dada, de la poesía elástica de Apollinaire y Cendrars, de los viajes al fin de la noche de Celine, o de los aullidos de los expresionistas alemanes, para decir de unos cuantos. Sin embargo, e incluso hasta hoy en día, los académicos y poetas norteamericanos, al referirse a esta época, la ven como producto original de la poesía anglosajona, y si dan algún crédito va hacia Eliot o Pound. Digo esto porque, paradójicamente, hay una crítica al movimiento nadaista que lo convierte en un subproducto subdesarrollado de la vanguardia beatnik. Ignoran estos críticos que los aires de la literatura europea ya estaban en Colombia años antes, que los mismos poetas e intelectuales que se agrupan alrededor de la revista Mito habían movido bien los cimientos de la cultura nacional oficial, e incluso que las librerías de Cali, entre ellas la nunca olvidada Librería Bonar de Alfonso Bonilla Aragón, traían libros de México, Argentina, Chile, donde se traducía a los poetas surrealistas, se conocían los esfuerzos de un joven llamado Julio Cortázar, o se oía la voz de Álvaro Mutis en la edición en Buenos Aires de su “Los elementos del desastre”, uno de los libros capitales para la formación poética de algunos de los poetas jóvenes. Era más fácil en ese entonces encontrar en una librería de Cali Ulises de Joyce que hoy, envenenados como estamos de basura literaria. Entonces, la voz poética de Ginsberg era importante, nos llenaba de infinito gozo rabioso, pero no fue fundamental en la formación de nuestra poética juvenil. Ya Amilkar U y Gonzalo Arango nos habían encantado con sus poemas beligerantes, ya Jotamario se deslizaba por los bailaderos del Barrio Obrero con sus palabras que hacían malabarismos de la prosa a la poesía, ya X-504 viajaba con su ballena al hombro por las calles de Cali encaramado en sus versos largos y oscuros. Sin embargo, insisto, no podemos negar la presencia de Ginsberg, así como la de Kerouac y la de Henry  Miller.

 

Pasan los años y los zapatos de caucho y a veces de cuero me llevan por los caminos de América de arriba abajo, haciendo de la poesía el diario vivir, y en uno de esos viajes el ir mismo me atrapa en los Estados Unidos, engarzado ya no en el golpeteo de los blues y las noches de Chicago, sino entre los hornos de acero que se apagaban al comienzo de los 80 en Pittsburgh. Y es allí, cantando con sus campanillas orientales, sin barba, de corbata y saco, que veo frente a mí al mismo poeta, ahora Allen Ginsberg, profesor de poesía en el Instituto Budista Naropa de Boulder, Colorado. Ya sus poemas no tienen esa fuerza que recordaba en mi infancia, ya su presencia, con la que tanto había soñado, no era tan importante. Luego de sus cantos y quejidos búdicos, varios poetas amigos me invitaron  a una recepción que le daban esa noche,  y allá fui, a dialogar con el gran gurú, el líder de la poesía de los 60 y los 70.

 

Muy formal y discreto Ginsberg me habló rápidamente de sus días en América Latina. Pero cuando le pregunté qué poetas le interesaban de nuestra América, abrió la boca y me dijo que lastimosamente no conocía nada de la poesía de esta parte del continente, que si yo le ayudaba con algunos poemas largos, algo que tuviera el aliento de Whitman, de la Prosa del transiberiano de Cendrars, entonces le mandara una traducción literal a Naropa. Tomó un pedazo de papel y me escribió su dirección y firmó, con la grafía que yo había visto  en los libros desde siempre. Al salir de la casa revisé el papel de nuevo. Era el mismo Ginsberg, indudablemente. De eso se trata la vida, y por qué no, la poesía.

 

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