POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

EL LIBRO BLANCO DE LA SABIDURÍA

Por Ignacio Ramírez

 

 

El libro blanco de la sabiduría es negro. Ni siquiera es un libro sino una prueba de autor a la que deliberadamente se le ha cortado una esquina, porque –creo yo—  más que sabiduría es lúdica y erudición lo que contiene.

 

El viejo Albert Einstein saluda a lectores y fisgones con su archiconocida fotografía con la lengua afuera, complicidad evidente con los niños, burla con los adultos que en la página opuesta son testigos de cómo un par de líneas rectas paralelas devoran un pececillo, sin fórmula de juicio, y dan paso a 176 páginas de sorpresa y de juego en un territorio de papel lleno de letras, dibujos y formatos sin género pero sí generales, pues esto no es novela ni cuento ni poesía ni ensayo y no obstante es de todo, depende eso sí de la capacidad de vuelo imaginario de sus pasajeros.

 

No tengo ni la menor idea de cómo llegó El libro blanco de la sabiduría a mis manos. Es anónimo. Suelen llegarme libros por montones, sobre todo inéditos. No me dejan dormir porque pienso en sus autores y me habita la impaciencia que a muchos de ellos también los mantiene insomnes, según me han confesado. A El libro blanco de la sabiduría lo hurgué y lo volteé de mil maneras, lo escruté y lo esculqué buscándole la firma del autor en algún escondite, como suelen hacerlo algunos vivarachos polígrafos o ciertos maestros de la pintura (Goya es paradigma), que firman en tinieblas o urden escondrijos no se sabe si para que no los falsifiquen o si proponen búsquedas detectivescas a sus escudriñadores.

 

Pero no. El libro blanco de la sabiduría no tiene autor y no he logrado descubrir cómo llegó al arrume de tomos por leer que tengo en sala, comedor, alcoba, cocina, baños, cuchitriles, closets, cajas, cajones y todo cuanto dios en su ociosidad me dio.

 

Sé, eso sí, que un día lo abrí y no fui capaz de cerrarlo hasta leerlo y observarlo letra a letra, línea a línea, milímetro a milímetro, como cuando me enamoro de una muchacha y ya no puedo dejar de amarla eternamente hasta el diciembre próximo.

 

Porque El libro blanco de la sabiduría es deleitoso. Por ejemplo: El Principito retoza en su asteroide luminoso y Scherezada desovilla el hilo de sus cuentos salvadores al tiempo que Amadís de Gaula y Don Quijote y todos nuestros amigos de papel y sueños desempeñan su rol en una pieza teatral compuesta del silencio que puebla los recuerdos y de la algarabía de lector que tanto se parece a lo que dicen que es la felicidad.

 

La seriedad y el buen humor por todas partes: aunque lo puedas dejar siempre, no se acaba nunca. Tiene todos los libros que valen la pena y ni uno solo para perder el tiempo. Aunque está siempre en presente va al pasado, recupera incunables, da cuerpo de lluvia a las palabras, forma de jeroglíficos, de ediciones perdidas. ¡Y habla! Tal cual lo dice en un prólogo que no habita las primeras páginas sino de la 39 a la 58:"Yo soy un libro excepcional porque soy el libro que habla. Quien replique que todos los libros hablan tiene algo de razón o sea que no tiene toda la razón..."

 

Es un libro mutante pero puede ser pétreo. Cambia según el lector. Camaleona o juega a Estatua con la misma destreza que caracteriza a las iguanas y a los girasoles, las Mantis religiosas y las mujeres perversas. Tiene páginas en blanco y páginas atiborradas, líneas flacas y líneas gordas. La línea flaca sueña que está flaca y que vivía en la casa de Alicia, la del País de las Maravillas. La línea gorda soñó que era un interminable y aburrido mar de texto.

 

Guarda y propone también fichas técnicas, cuestionarios, modelos para armar, jugarretas sin fin. Y aún no sé si algunos cuentos que estaban en su interior, estos sí con firma de autor, forman parte de un embarazo bibliográfico de El Libro blanco de la sabiduría, que es un reto y que contiene un duende cibernético: creo que hace más de un año que alguien lo introdujo por el postigo de mi ventana, o se disfrazó de cartero viejo y lo dejó en la portería del edificio donde vivo. Pero me da la sensación de que lo leí cuando niño, no se por qué. Acaso por todas las referencias a los libros entrañables que uno va acumulando en la trastienda a medida que la vida pasa. O quizás porque el duende sabe escabullirse en el intríngulis del tiempo: cuando lo leí por primera vez, escribí una nota para enviarla a los Cronopios y sucedió como me pasa a veces con textos de Cortázar: no apareció por parte alguna. Busqué y busqué y busqué y se había perdido. Traje técnicos especializados en rescatar archivos desaparecidos y como en el caso de la mayoría de los buscadores de galeones hundidos, lo único que hicieron fue esquilmarme. Luego escribí otra nota y fue peor: no sólo se perdió el texto sobre el libro blanco que es negro sino que enloqueció el sistema y me quedé sin muchas cosas que había escrito y que tomaron destinos similares a los de las golondrinas de Gustavo Adolfo Bécquer.

 

Ahora, cuando estoy escribiendo una tercera versión que por supuesto no tiene nada que ver con las dos anteriores, confieso que he temblado ante la posibilidad de que tampoco llegue a sus destinos. Ruego, entonces, a los Cronopios enredados (que así nos llamamos por pertenecer a la Red) que me digan si les llegaron las páginas en blanco, si no llegaron (lo invisible también es susceptible de confirmación) o si llegaron 50 mil versiones diferentes para en caso tal ir a mirarme en el espejo para saber si me he convertido en Polifemo o en El Barón rampante.

 

En todo caso, si yo fuera editor, no vacilaría en poner a circular El libro blanco de la sabiduría para fundar el hito de un juego que se lee y no se cree, un libro que al final tiene un cajón de donde brota el humo de la fantasía.

 

No me pregunten cómo llegó a mis manos. Pero si alguno de ustedes es el autor de El libro blanco de la sabiduría, o al menos lo conoce, por favor: no me lo diga, que perdería el encanto. Y el pececito devorado por las líneas paralelas se enamoró de una mancha golosa.

 

 

 

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