POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

HOY. Por Samuel Vásquez  

Ante el mandato perentorio de la globalización, so pena de quedarse retrasados en la era pre-posmoderna, todo Occidente obedeció. Y arrastró a América Latina como una cola de retazos pegada a una cometa de papel. Porque, aunque no participamos de las decisiones y privilegios de Occidente, sí seguimos ondulantes y sometidos a todo lo que Occidente decide.

 

Pero la globalización no era ecuménica. Incluía la economía, la ideología, el consumismo y la información, pero no a las personas, ni al derecho a su libertad, a su igualdad, a su fraternidad. Se suprimían aranceles a los productos, pero se esculcaban exhaustivamente los pasaportes y las maletas de los individuos “distintos,” considerados sospechosos arbitrariamente. Se i8 y conectó por internet a casi todos, pero no se los conectó al agua potable gratuita ni a la poesía. 

En septiembre de 1931, Federico García Lorca leyó en voz alta su texto para inaugurar la Biblioteca Pública de Fuente Vaqueros en Granada, su pueblo natal:

 

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro.

 

Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

 

Hoy todas nuestras relaciones sociales están mediadas por los acontecimientos políticos y deportivos, que ocupan el 90% de los espacios de información y entretenimiento, manejados por las industrias “culturales” y deportivas, apoyadas por la llamada “economía naranja” decretada y promulgada por el gobierno de Iván Duque. Por el contario, menos del 1% de la población se relaciona a través de la Cultura y la Poesía. 

 

Hoy muchas de esas industrias “culturales” están henchidas de alegría por la obligada virtualización de la Cultura. Ignora esa gente que al no tenerse la experiencia presencial de una pintura, no asistir a una puesta en escena teatral ni a un concierto vivo, por medios audiovisuales o informáticos no se podrá acceder a su máxima esencialidad y revelación estética y poética.

 

Hoy nuestros “agentes culturales” no cuestionan el poder sino que entran, con una facilidad que sonroja, en complicidad con sus imposiciones, ninguneos y arbitrariedades. No luchan porque la obra de arte sea libre, disidente de las exigencias consumistas del mercado, de las tendencias impuestas por los medios, y del autoritario gusto oficial que a nadie rinde cuentas. (Ante las críticas de la ciudadanía ante una obra pública, un popular alcalde de Medellín respondía inexpugnable y desafiante: ¡A mí me gusta!). No se preocupan de que cada artista pueda vivir con dignidad de su obra, en contra de la promesa de la oferta de que lo que no está expuesto en la vitrina, en la pantalla o en el festival, no existe. Con su proceder acrítico, estos agentes favorecen una cultura consumista que está forzada a ofrecer “la estética del día”, para mantener viva su oferta en el mercado.

 

Hay que propiciar, hacer y amar un arte independiente del mercado y de sus leyes, que confunden sonsonete con ritmo, bonito con bello, rima con poesía, valía con precio.

 

Con el tiempo histórico suspendido por la “pandemia” queda sólo, abrumadoramente, el tiempo cotidiano, demasiado cotidiano.

 

Empresarios, políticos y periodistas están hablando permanentemente de futuro. Con ello buscan encubrir impunemente un presente injusto, corrupto y criminal, menospreciando un pasado ancestral culto que abandonamos con crasa insensibilidad en busca de un consumismo que nos promete status social, confort instrumental y distracción mental. Ignoran el decisivo tejido que la Cultura aporta como herramienta de sensibilización, conocimiento, memoria y cohesión social.

 

Es necesario que la gente acceda al conocimiento para adquirir el criterio con que construirá los ritos y las actividades humanas significativas: la alimentación, la educación, el trabajo, la sexualidad, así como la construcción de un pueblo, de una casa, de una escuela, de un templo. El hombre contemporáneo no solamente abandonó los ritos fundacionales, sino que se quedó sin modelos ejemplares que orienten moralmente su comportamiento individual y comunitario. El comportamiento social y moral ya no es ancestral ni cultural, sino que es impuesto y vigilado por la legislación jurídica, por la policía y por los medios de información.

 

Estamos uniformando el mundo, globalizando los gustos, estandarizando las costumbres y las moradas, en favor de un “confort contemporáneo”. Es el triunfo del tiempo sobre el espacio, la destrucción de las formas autóctonas y de las culturas en favor de una comunicación inmediata, de una conducta canónica y de una obediencia a las tendencias dominantes.

 

Es indispensable que la gente sienta necesidad de la Cultura y la Poesía, y, sobre todo, que tenga la capacidad de gozarlas, no como entretenimiento, sino como un elemento esencial para la vida ética y estética de los individuos y la comunidad.

 

El miedo que causa y alimenta la “pandemia” somete el pensamiento de todos, forzándolos a aceptar una obediencia ciega ante una situación social e individual que desconocen por completo, y que el poder económico, político e informativo sabe manejar astutamente.

 

La oportunidad autoritaria de los gobiernos actuales, tácitamente aceptada, los está tentando a la represión y a la vigilancia totalitaria, asistida por una policía digital de cámaras, sensores y perseguidores. Gobiernos que profesan el fatal destino darwinista que elimina los cuerpos más viejos y más débiles para que cedan el espacio de la economía y del entretenimiento a los más fuertes físicamente, que no son necesariamente los más fuertes consciente y culturalmente, ni los que tienen más sentido de libertad, ni más anhelo de conocimiento, ni más razones para la desobediencia. En tales circunstancias, un sumiso tonto joven merece más espacio y mejor atención que un sabio viejo libertario.

 

La actual democracia neoliberal globalizada aprendió a unir las dos puntas opuestas de la guerra fría:  el consumismo desbordado estadounidense y la severa vigilancia chino-soviética, la oferta clasista de Estados Unidos y la asistencia acechante del comunismo, el nacionalismo y el internacionalismo del fascismo y del comunismo ahora se funden en la búsqueda, al precio que sea, de la hegemonía del mercado.

 

Como dice el intelectual del Bar de la Calle Luna:

La guerra y el comercio no son sino medios diferentes de conseguir el mismo objeto que es el de poseer aquello que se desea. El comercio es un homenaje hecho a la fuerza del poseedor por el que aspira a la posesión: es una tentativa para colonizar por las buenas aquello que no se quiere conquistar por la violencia. El comercio es, para el más fuerte, un medio dulce de empeñar el interés del otro en consentir lo que conviene al interés propio.

 

Dar dinero a los bancos (grandes donantes en sus campañas electorales) para que implementen instrumentos financieros de préstamos con intereses impagables a través de una banca insensible socialmente, y no programar ayudas directas (con interés cero) a los medianos y pequeños empresarios, no es sólo mezquindad del gobierno colombiano sino, además, obediencia a mandatos supranacionales de la “democracia neoliberal internacional” (carente de democracia y de liberalidad), para proteger la banca multinacional y no la industria de valor agregado de los países del tercer mundo, aumentando su sometimiento económico a los centros de poder financiero e informativo, con una pérdida de soberanía económica y cultural que será casi imposible recuperar.

 

Una de las más aplaudidas políticas del actual presidente colombiano son las dádivas que otorga a los afiliados a sus propios programas de gobierno (sus votantes), tratando de establecer una imagen de benefactor magnánimo, y pidiendo limosnas a los ricos para que las den a los más necesitados, en una caridad que nada soluciona socialmente, en lugar de dictar decretos que establezcan impuestos necesarios y justos a la riqueza desproporcionada e inequitativa que aminore la criminal brecha social que han impuesto durante largos años. Si se acostumbra al ciudadano del común a la limosna, no sólo se degrada su condición social, sino que se lastima su autoestima al reconocerse como improductivo socialmente, desestimulando su conciencia de su derecho a la igualdad. De esta manera el Estado elude taimadamente su obligación de proporcionarle un trabajo digno y suficiente, y darle una asistencia social oportuna.

 

No se puede depender de la voluntad caritativa de unos pocos. Hay que establecer una obligatoria justicia social equitativa, digna y ética, y eso es deber irrevocable del gobierno.

Se ha argumentado la protección contra el virus como Razón de Estado para imponer, por encima de las libertades individuales, el encierro, el aislamiento, la injerencia y la vigilancia a placer del gobierno. Sin libertades individuales cualquier control al gobierno será una ilusión ineficaz.

 

Una multa de un salario mínimo por salir a la esquina de la casa, da un poder desmesurado de represión a un gobierno que cada vez se engolosina más con su domino absoluto del ciudadano, ahora sumiso. Este dominio y esta sumisión le han servido no sólo para acallar las protestas sociales que se hacían a su gobierno en la calle todos los días sino, también, para asumir poderes dictatoriales sin golpe de Estado y sin usar la fuerza de los militares.

 

La calle, que se suponía era “el espacio democrático por excelencia”, ahora está totalmente controlado por el gobierno y sus aparatos de vigilancia y represión. La inmaculada “democracia neoliberal” que inventaba contrapesos para parecer, a los ojos de los ignorantes, como equilibrada a través del control político que se ejercía hacia el ejecutivo, ahora carece de vigilancia y hace contratos a dedo sin control efectivo, porque la sumisión es generalizada.

 

La declaratoria de calamidad social instaura un Estado de Excepción que le otorga plenos poderes al presidente Duque y anula el Estado de Derecho que sustenta toda Democracia que así quiera ser reconocida. Los Derechos Humanos saldrán lastimados y hasta anulados en sensibles aspectos con el Estado de Excepción imperante, y habrá que estar atentos y ágiles para tratar de impedir que se instauren a largo plazo métodos totalitarios de extracción de datos, de vigilancia digital y de represión abusiva.

 

Hoy nos movemos entre el miedo y el deseo.

El poder propaga el miedo.

Propaga el miedo para que los deseos se aborten antes de transformarse en actos.

El deseo es conspirativo, el acto subversivo.

El individuo reprime sus deseos para evitar la confrontación.

Hay que crear conciencia de que sólo el deseo podrá vencer al miedo.

El triunfo será el deseo realizado que permanecerá como deseo.

 

Villagrande, abril de 2020.

 

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