POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

LA PASIÓN DE LO IMPOSIBLE

Por Nicolás Zimarro

 

 

La tragedia íntima que vivimos todos los seres humanos, en algunos casos en la lucha diaria por la supervivencia, en otros en la brega por la prosperidad y muchas veces también en la absurda pelea por la prevalencia sobre los demás, tiene su origen en una falacia muy extendida en nuestra sociedad, que no es otra que la de la supeditación de la entidad de las personas a su potencial económico o “status” social. Se trata de una práctica muy común que consiste en considerar a los individuos humanos principalmente sujetos de materialidad y de poder, antes que personas. Es más, incluso se llega a conceder que éstos son más personas cuanto más riqueza poseen o poder

ostentan, de modo que implícitamente se admite que las personas gozan de tal entidad no por el hecho de ser personas sino por tener pertenencias.

 

La catalogación de los individuos en personas y “¡vaya usted a saber qué!” se produce a raíz de la total pérdida de valores y del sentido de la existencia que caracteriza al ser humano y a las sociedades modernas y que se ha dado en llamar “nihilismo”.

 

Esta actitud ante la vida presupone que la única realidad del ser humano es su radical soledad existencial. Estamos solos, desnudos en nuestra individualidad. La sociedad, el supuesto ámbito de las relaciones y la comunicación entre los individuos humanos, es una constelación de soledades, un espacio cerrado de enajenación de nuestras carencias existenciales, algo así como un circo donde abundan los magos de las ideas, los prestidigitadores de los derechos y deberes, los domadores de “salvajes” –llámese inadaptados-, los contorsionistas de la formación –deformación o información-

, los funambulistas de la utopía, los equilibristas de los títulos de propiedad y capitales bancarios, los saltimbanquis de la política, los trapecistas de las palomitas y toda suerte de mercaderías y los payasos de la apariencia. El circo nos ofrece una única función ininterrumpida, que nos entretiene, despista, anima, aburre, subyuga, lacera, sobrecoge, solivianta, adocena, obnubila, adormece o mata. Pero nada más. Cada individuo humano permanece cautivo en su soledad, en su vacío existencial, y sólo halla consuelo y satisfacción en la adquisición y posesión de bienes materiales y el ejercicio del poder sobre los otros miembros de la sociedad, en una pretensión de preponderancia y

dominio respecto de ellos. Se establece entonces una jerarquización de los individuos humanos en razón de su potencial económico y poderío fáctico, que se resuelve en la distinción entre personas sujeto de derechos y privilegios, esto es, individuos con entidad personal, por un lado, y entre “¡vaya usted a saber qué!”, o sea, individuos con entidad meramente numérica y nominal, por otro.

 

En este contexto, la lucha que libra la persona que se ve apartada de la sociedad de la que supuestamente es un miembro más se antoja quimérica y, peor aun, si se pretende llevarla adelante en solitario y sin el concurso de los demás (entorno próximo y plataformas sociales, ONGs o movimientos ciudadanos), deviene en una lucha en la arena de lo imposible abocada al desgarramiento del espíritu y a la más absoluta frustración, cuando no a la autodestrucción.

 

Como afirma Mario Vargas Llosa en la crítica que escribió en 1988 sobre el libro “No soy Stiller” de Max Frisch y recogida en el volumen La verdad de las mentiras: “...todo estadio del progreso humano trae consigo nuevas formas de frustración e infelicidad para la especie, distintas de aquellas que ha dejado atrás, y, por lo tanto, nuevas razones para la inconformidad y el deseo de una vida distinta y mejor”.

 

Para no pocos este deseo no es sino anhelo de lo imposible, una pretensión de romper los límites y querer ser lo que no se es. Lamartine, comentando Los miserables de Víctor Hugo, lo expresa en estos términos: “Lo peor que le puede ocurrir a un pueblo (y, por ende, a los individuos) es contraer la “pasión de lo imposible”.

 

Pero esto es puro conservadurismo social, que propugna la aceptación, sin más, de la circunstancia existencial de cada cual y que resuelve insatisfactoriamente la cuestión de la conformación de la identidad individual de las personas y de la relación entre el sujeto particular y el sujeto social que constituyen dicha identidad, por cuanto subraya la inconsistencia de la identidad de los seres humanos a nivel individual y social y, además, obvia la necesidad que cada individuo tiene de escoger qué quiere ser, de poseer una identidad, para alcanzar la salvación de sí mismo, para culminar su proyecto de humanidad.

 

¿Qué le cabe esperar a ese individuo que comprueba la imposibilidad de devenir en otro yo personal y social óptimo, si no es la depresión y una angustia que lo conducirá a renegar de sí mismo y a naufragar en una mar de soledad e impotencia? ¿Cómo puede alguien amarse a sí mismo, gustarse, conocerse y saberse persona, si carece de identidad? Y más aun, ¿cómo va a llegar a amar a los demás, al prójimo?

 

La respuesta es sencilla: quien no se ama a sí mismo, o se ama de un modo desnaturalizado o enfermizo, malamente amará a los demás o los amará de similar forma a la que se ama a sí mismo. Quien no se ama a sí mismo deviene en un individuo a la deriva errante en un lodazal, que se busca en el reflejo de su imagen en la superficie del agua encharcada y no ve sino máscaras y máscaras, incluso cuando se halla solo y la búsqueda ocurre en la más absoluta intimidad, situación que se agrava cuando al muestrario de máscaras se añaden las caretas de la colección de disfraces que perfilan la burbuja enajenante de la circunstancia social: los clichés y modelos de comportamiento,

las ideologías, la legislación vigente, los prejuicios socio-culturales, los valores éticos, las creencias religiosas, la realidad económica, etc.; o sea, la incidencia de eso que constituye nuestra identidad social en la configuración de la identidad personal de los individuos.

 

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