POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

PARA UNA FENOMENOLOGÍA POÉTICA DE LA GUERRA. Por Germán Vargas Guillén.

13-10-19

 

Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquileo; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves —cumplíase la voluntad de Zeus— desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquileo.
Homero, Ilíada (Rapsodia primera)
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I
La aspiración de la paz en Colombia, agenda de los últimos cincuenta años, lleva a ocultar, quizás por las «urgencias inmediatas de la vida» —como las llamó Aristóteles— el obstáculo para filosofar; se deja de lado su aspecto potente, creativo, en fin, poético. De lo que se trata al llamar la atención sobre ella es de volver sobre la guerra como cosa misma. Nada es más sencillo que la naturalización: de la guerra, de la paz; de la agresión, de la caricia; de la escasez, de la abundancia. Pero, justamente, esa naturalización es, a su turno, el olvido. En buena cuenta, de lo que se trata cuando se da el paso a la reflexión, es de romper con la actitud natural. Si sobre algo es necesario dar el tránsito de la actitud natural a la actitud reflexiva, o filosófica, es sobre la guerra. Esta se nos ofrece como algo dado, más que como algo culturalmente donado, conquistado o significado. Claro que las posiciones frente a ella son variantes. Miguel León Portilla nos ofreció un lado fundamental de la guerra para nuestra América, la que, por buenas razones, llamó: Visión de los vencidos. También en orden de su comprensión Occidente nos ha ofrecido la llamada razón anamnética, que, según el proyecto de Walter Benjamin, reivindica esa tal visión de los vencidos. Es la misma que reivindica Walt Whitman en el Canto a mí mismo. Desde luego, Heráclito había mostrado, sentenciosamente, que «La guerra es padre de todos, a unos los convierte en reyes a otros en esclavos».
Entonces, son las afugias inmediatas de la vida lo único que nos puede llevar a la naturalización de la guerra. En cambio, una actitud reflexiva, filosófica, que opere en dirección del cultivo de lo humano tiene que detener su atención y pensar la guerra, pensar sobre la guerra; y, en nuestro caso, pensar en medio de la guerra. Sin esta pausa reflexiva no hay manera de dar con su esencia, con su sentido en el campo de la experiencia humana; en fin, no es posible hallar horizontes ante su inminencia.
Aquí, en esa pausa ineludible y fundamental, que urge la reflexión, justo en ese lugar, se ubica la obra de Enrique Barajas Niño, titulada Para una poética de la guerra.  Por supuesto, la investigación sobre la guerra se puede hacer con la mirada puesta en los datos inmediatos, en las demandas del presente; pero resulta que éste tiene génesis, sí, en nuestro haber sido; pero igualmente, más allá de toda consideración histórica, tiene génesis en la estructura de la experiencia humana, de la naturaleza humana. No admitir esta dimensión estructural de la guerra, de la violencia, como un activo —paradójicamente, dado las más de las veces en pasividad— lleva a tener un odio o un amor visceral, irreflexivo respecto a ella. La guerra nos llega —a nosotros nos llegó— irreflexiva, visceralmente.
Al parecer, sólo hay un camino para salir de la guerra: la reflexión. Desde luego, en algún momento sus frutos se deben tornar acción. Si se da paso a la reflexión tal vez se pueda entender que, al cabo, la paz es la capacidad de lidiar con el conflicto por los medios más racionales y razonables; y una educación para la paz tiene que hacerse a ese horizonte bajo la expectativa de que devenga como efecto de formación.
La obra de Enrique Barajas se enfoca hacia esta reflexión sobre la guerra, sobre su esencia; sobre su articulación con la esencia de la experiencia humana del mundo. La vía para acceder a la reflexión sobre la guerra es, para el autor, la fenomenología; ésta se ancla en el mundo de la vida, pero más allá de ella está la poética. Pensar la guerra, operar la reflexión sobre ella, implica elaborar una poética fenomenológica: la de la creación verbal, la de la fantasía y la imaginación; la que fragua al individuo y al colectivo; en fin, la que se acerca a la estructura de la dación de lo-todavía-no o la de lo inédito.
La obra de Enrique Barajas podrá ser leída de muchas maneras. En esta presentación enfatizo por qué es un avance en la fenomenología del mundo de la vida poética, el de la creación verbal; e, igualmente, en qué sentido halla invariantes de la experiencia. Habrá otras maneras de acercarse y valorar la obra: su rigor filológico, su validez histórica, su efectiva correlación con el polo de la paz. Y, en adición a ello, también la obra podrá ser vista y valorada por la fuerza expresiva con que reconstruye episodios estelares de la historia, donde la guerra ha sido un factor decisivo del destino y de la comprensión de lo humano.
 
II
En resultas, se puede hablar de muchas maneras de la guerra. De hecho, parece ser un sino el tratar de dar con su final. Pero, de fondo, ¿qué es ella?, ¿por qué está presente, aquí y allá tanto en lo más remoto del pasado como en nuestro presente viviente —y quizás en nuestro futuro—, asociada a la experiencia humana de mundo? Y, es cierto, sus efectos son devastadores, pero ¿no es, también, «padre de todos»?
La obra[1] que hoy empieza su transitar por el mundo es una contribución con respecto a esas y otras tantas preguntas. En sí, como lo indica el autor, es una fenomenología poética. ¿Qué entender por ésta? Si, como lo indicó Husserl, la fenomenología es un proyecto de descripción de las estructuras del mundo de la vida, ¿cómo la poesía es una invariante de la experiencia humana? Y, ¿por qué en ella se canta, narra, reflexiona e incluso se abre el horizonte de la guerra?
El thaumazein se ha visto asociado a la labor intelectiva. No cabe duda, los griegos —en particular Aristóteles— insistieron en indicar que «los primeros que empezaron a filosofar lo hicieron por el thaumazein», sea que se lo entienda como asombro o como maravilla (Enrico Berti documenta cómo En el principio era la maravilla, en su obra bajo el mismo título). Pero, ¿qué tal que el thaumazein no sólo sea del orden teorético, sino también del orden práctico? Si este último fuera el caso, la guerra —y eso es lo que asombra— pone a los seres humanos ante la exigencia no sólo de la creación, sino de la ejecución de obras que van más allá de los límites, de formas de vida inéditas que parecían cernirse en meros y puros potenciales.
Pero la cosa misma que ausculta Enrique Barajas Niño —en esta aventura de creación y recreación verbal— es cómo «la guerra, padre de todos» no sólo se vincula con la epopeya, con el canto eterno de Homero, con las narraciones de Heródoto y los episodios de Maratón; por igual ella reclama los más íntimos anhelos y potenciales de los seres humanos: su relación, mistérica, con el fuego; su goce natural en las variantes y variables formas del juego[2], que parece ser una de los invariantes de la experiencia humana; su pasión por correr[3], sólo por correr, como si se tratara de un designo de los dioses; y, desde luego, el acero que se forja y se vuelve espada que se abre y abre mundo; en fin, la guerra tiene un polo hylético o material: el cuerpo, pero no pasa nada en o con él que no tenga una íntima relación con el espíritu, con el alma, en fin, con la forma: los ideales, las aspiraciones, el sentido teleológico de la experiencia humana (de ahí el recurso del autor tanto a Schiller como a Jaeger, cf. p. 52).
Claro que se puede ver la guerra como una hecatombe, una suerte de destino ciego. Pero, fuera de toda duda, ha dejado en su estela en las diferentes épocas y culturas, no sólo prácticas (la gimnástica, la retórica, la dietética), sino también disciplinas (la física, la arquitectura, la estrategia —planeación, economía, administración). Entonces verla sólo como un abismo o una sin-salida es parte de lo que se puede y debe hacer, entre otras cosas por el fin intrínseco de la guerra —al menos según el autor—: la paz, su poética y su fenomenología. Si por algo se caracteriza esta última es porque siempre exige que un polo se esclarezca desde su relación con el que le es correlativo: en este caso, el polo correlativo-guerra trae consigo el polo correlativo-paz. Uno es fuente de sentido para el otro. Es de lo que nos da noticia, a manera de conclusión, el autor, cuando indica: «No es posible una poética de la guerra, sin una poética de la paz. (…) El estado natural de un pueblo, no es otro que el de la paz; la guerra, sólo una coyuntura en el camino hacia ella» (p. 268).
Instalados en la correlación guerra-paz quizá se pueda llegar a decir que lo invariante de esta última es la de lidiar con el conflicto por los medios más racionales y razonables; en cambio lo invariante de aquella es el recurso último, en general no deseable, para la restauración de la racionalidad y la razonabilidad en el trato con los otros. La guerra lo abarca todo, todo. Es lo que Barajas nos muestra una y otra vez. Si en algún lugar se experimenta fácticamente la grandeza —sea que se equipare o no con lo sublime (pp. 92-93; 250 á 265)— es en la guerra.
¿Cómo negar que la educación[4], también, es un dispositivo creado por, en y para la guerra? Quizá se pueda ignorar la evidencia. Barajas alude, claro está, también, a Esparta. Sin duda, no sólo se hizo una cultura alrededor de ella, también se creó lo inédito: la posibilidad del desasimiento en pro de la ciudad, de la pólis. Así como se apunta con la guerra a la configuración de la colectividad hay, más allá de todo sentido de unidad, la singularidad de cada quien implicado en ella: es en lo que —mutatis mutandis— se puede coincidir con el autor al llamarla «La verdad existencial» (p. 41 á 47). Lo que Barajas se propone, y logra en la obra, es mostrar cómo «La fenomenología es la apuesta filosófica a la hazaña de poner en manos del hombre los instrumentos que le permitan descubrir, para sí mismo como sujeto, el primordial y auténtico ser, tanto el humano como el de las cosas, de los actos y de los devenires vitales, tomados todos directamente del suelo de la existencia cotidiana» (p. 41); y allí, en ese intento de ver en qué sentido la guerra es estructura del mundo de la vida, de la experiencia subjetiva de mundo, se abre «una interacción dialógica de intimidades, en que hay una donación mutua de fragancias y aromas, intercambios y otorgamiento de significancias, de plenitudes, en que hombres y cosas entran a habitar una tierra nueva, un nuevo mundo, ‘el mundo de la vida’, en que todo, hechos, sucesos, materia, historia, se tornan fenomenales, transfigurados, engrandecidos por el resplandor del sentido vital» (pp. 41-42).
Con esta perspectiva, según el autor, se abre la que se puede llamar «razón poética»; ésta es tributaria «de esta fenomenología fundamental [del mundo de la vida], de proyección epistemológica, es la fenomenología de nuevo sello, la que es dado llamar fenomenología poética, que atribuyendo a la imagen poética y a su facultad madre, la imaginación poética, una función análoga a la de la vivencia (…) las asume, en su virtualidad natural de potencias iluminadoras de la conciencia, tonificadoras y conductoras de la voluntad» (p. 42).  ¿Cuánto, pues, hay de fantasía, imaginación y creación en los actos que deciden el destino personal y colectivo?, ¿acaso tanto o más que en la intuición y en la razón?
La poética desde siempre ha aludido a la capacidad creativa (poíesis). ¿Cómo es su despliegue? En general, se conozca poco o mucho, su operar: «la partera del hombre, la comadrona, la nodriza y pedagoga, es la poesía, la poesía esencial, aquella cuyo imaginario se nutre de la sustancia vital, de los cuatro elementos, habitados por la consciencia y convertidos por la imaginación en expresión humana originaria» (p. 45). Así, entonces, si la guerra es un invariante —como parece serlo— de la experiencia humana de mundo, entonces debe ser estudiada en su estructura y potencia poética. Así, la poética de la guerra —también se puede decir: lo poético de la guerra, aquello en que es potencial generador— pasa por una «fenomenología (…) [que] tiene ante sí el infinito universo del lenguaje, en especial la poesía y el mito, y encuentra imágenes de dureza cuajada por la ebullición de la cólera» (p. 46).
Por las páginas del libro, claro, hacen presencia los nombres emblemáticos de Darío, Jerjes, Leónidas, Milcíades, Alejandro; Ión, las Termópilas, la llanura de Maratón, Salamina; e, igualmente paisajes y noticias de esta, nuestra América. Si esta obra puede ser calificada de creación y recreación verbal es porque vuelve sobre esas fuentes —Homero, Heródoto, Esquilo, 
; Aristóteles, Kant, Dumézil, Jaeger, Elíade, Husserl, Heidegger— y, de retorno, vuelve el autor, a cada paso, y habla con voz propia, como si estuviera dando cuenta por vez primera de un discurso o de un diálogo de los que fue testigo de excepción. Y, más allá de todo, la voz propia de Barajas se deja oír a cada paso, sí partiendo de unas hipótesis matriciales (elaboradas, en buena cuenta a partir de Dumézil), pero haciéndose a un método fenomenológico de descripción de esencias que ahonda en lo misterioso de la poesía —que siempre ha cantado la guerra—.
Este libro realiza el proyecto de las humanidades, de la cultura y el cultivo de lo humano, puesto que muestra ese hondo enraizamiento en la tierra sustentadora y esa infinita apertura a la amplitud del cielo. De ahí que la Editorial Aula de Humanidades experimente el honor de la presencia del autor entre la colección de sus libros y quiera honrarlo —como lo ha hecho— cuidando con celo cada paso del proceso que hoy lleva a compartir con Ustedes: la dicha de una obra memorable en la panoplia la República de las Letras.
 
III
¿Qué queda con estas noticias en relación con nuestra historia, con nuestra guerra? Si por algo recordamos a Hegel, en sus sentencias sobre América Latina, es porque, según él, no ha entrado en la historia. En esa perspectiva, pertenecer a la historia es apuntar a la configuración del Estado, todavía en gestación, precaria, entre nosotros. Pero, a su manera, es tener una racionalidad que, incluso, pueda justificar o invalidar la guerra. Nadie puede olvidar a Schmidt y su idea, en relación con la guerra, en relación con lo que denominó estado de excepción. Y, sin embargo, al cabo del devenir: ¿qué justifica la guerra interior o la exterior? Se sabe, con ella, viene o deviene: la construcción del enemigo; pero, ¿quién puede ser declarado como tal y bajo qué circunstancias?
La obra de Enrique Barajas, por supuesto, alude a los bárbaros: el enemigo, el otro, el extraño. No hay más que estados discretos: lo uno, los mismos o lo otro, los otros. De lo que se trata en fin de cuentas es de entender que la guerra obedece a un proyecto totalitario de inclusión, que si no se logra por la persuasión, tiene que ser alcanzado por la fuerza. La guerra se puede convertir en el instrumento de naturalización de los valores de la imposición, del despotismo, del hegemón (hēgemṓn): el conductor, el guía y también el comandante del ejército en los tiempo de la guerras del Peloponeso; el que dirigía la alianzas de las facciones contendientes: Atenas y Esparta. Son los efectos de la visión heroica: final y destrucción de la visión de los vencidos; imposición de la verdad (¿postverdad?) de los vencedores; es la eliminación que todos los totalitarismo han hecho de la imagen de los contradictores (la eliminación de Trotksky en la recordada foto del triunfo de la Revolución de Octubre, junto a Lenin, es un ejemplo incontrovertible).
¿Cómo, pues, cantar la visión de los vencidos? Es una tarea que deja como agenda la lectura de la obra de Barajas, una tarea que lega a las nuevas generaciones. E, igualmente, deja la tarea de responder a la pregunta: ¿cómo dar el paso de la visión heroica a la de los sujetos anónimos?
Barajas lo da a entender una y otra vez: la poética de la guerra se encamina a la poética de la paz. Claro que esto implica abandonar la ingenuidad según la cual esta es un estado; entonces, conlleva un acendramiento en la idea de que, más bien, la paz es un proceso, siempre en marcha, sin logros estrictamente predecibles, sin agenda clara; sin garantías definitivas —por más que se firmen Acuerdos o Tratados—. La paz es, más bien, un horizonte. Y, ¿cómo educar para la paz, en medio de la guerra? Siempre los Estados totalitarios han buscado que los “héroes” sean emblemas, paradigmas, norte y guía de las jóvenes generaciones. Pero, si éstos representan, por igual, la destrucción, la tiranía y el autoritarismo, ¿cómo han de servir de ejemplo? Es lo que aprendemos de la teoría de Barajas: la epopeya en sí es efecto de la creación verbal, pero ella trae consigo sus propios límites: el otro, el excluido, en fin, los que quedan en las márgenes de la acción heroica.
La visión de los vencidos es el horizonte complementario, correlativo, de la epopeya. ¿Cómo pues cantar la guerra sin ese polo? Este es el desafío de la tarea que lega a los jóvenes la pericia que, con su veteranía, exhibe el autor. La visión de los vencidos es el proyecto de otra poética de la guerra que hace imaginar mundos posibles; que exige la creación de nuevos horizontes de convivencia y de racionalidad civil.

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