POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

PATERSON DE JIM JARMUSCH O DE CÓMO LA POESÍA ES LA CANCIÓN DEL RECOMIENZO. Por Álvaro Bautista Cabrera.

No se puede caminar por un pueblo que ha producido poetas, cómicos, músicos, boxeadores como si estas presencias fueran invisibles. El personaje central del filme

Paterson de Jim Jarmusch (1953)1, se llama del mismo modo, igual que esa pequeña ciudad de Nueva Jersey: Paterson (actuado meticulosamente por Adan Driver). En esa ciudad trasegó durante muchos años el poeta William Carlos Williams (1883-1963) y, entre otros, nació el actor Lou Costello (1906-1959),  el gordito ridículo y temeroso que formó con Bud Abbott el dúo cómico Abbot y Costello. En este ámbito, a orillas del río Passaic, frente a sus grandes cataratas, circula el personaje central, con un trabajo elemental, que podría ser aburridor: conducir un bus urbano. Paterson transforma este trabajo en un modo de estar en el mundo como si habitase la misma esencia de la poesía.

 

Al contrario de Platón, con el que se debate el poeta desde hace más de dos milenios, la poesía habita en este pueblo, a través de un hombre sensible, a quien acompaña una mujer de ascendencia iraní, como la actriz Golshifteh Farahani, que lleva el nombre de la dama que idealiza en su poesía Petrarca: Laura. Todo es tocado por el arte. Mientras Paterson transforma en poemas los andenes, las aguas, los limpiabrisas, los utensilios del diario vivir, su esposa pinta, hace arte en casa, hasta el punto de convertir en bellos unos pasteles. Jarmusch muestra que el arte y la poesía no es cosa de privilegiados, es aquello que hace parte de los pueblos con raíces, pues no han expulsado a los poetas. En efecto, no impide la creación una silla de chofer ni un muro de calle ni una lavandería. Por los andenes de la pequeña ciudad habitan los poetas Emily Dickinson,  Carlos Williams, Allen Ginsberg, Frank O´Hara, Ron Padgett, de quien son los poemas que el amable chofer Paterson crea en el filme.

 

La rutina de la pareja Paterson-Laura se vuelve renovadora con cada amanecer. El lunes la pareja se despierta de frente; al siguiente día, de espaldas; el miércoles amanecen abrazados; el jueves Paterson la abraza por la espalda; el viernes, ella ya se ha levantado; el sábado Laura le hace cosquillas en el rostro; el domingo parecen no haber dormido, después de los eventos del sábado en la noche. Es como si cada despertar fuera una variación de la melodía del amor; muestras de una danza diaria que consiste en emerger de la noche en compañía y habitar el mundo quizá bajo el cuidado socarrón de un perro, un buldog inglés, Marvin, que cela a Laura y comete el acto de provocar que emerja el Poeta en el poeta.

 

Un café con  jazz, soul y canciones que le dan puntuación al ocio, se vuelve el sitio de encuentro de hombres de las razas negra y blanca. Allí Paterson toma su cerveza y observa cómo se entra a la noche a la manera de quien se introduce en un misterio que es más reconfortante si nos une a los otros una música, un deambular por las calles y los andenes en los que el riesgo es imaginar palabras, versos, poemas.

 

Todo es factible de ser objeto poético: una caja de fósforos Ohio Bleu hip, bajo la capacidad de William Carlos de hacer de las cosas elementales, de la ciruela robada, un poema. La mujer, su belleza, su alegría, sus sueños, su capacidad de crear es ilimitada. Laura encarga una guitarra y se sueña cantante de Country, y el espectador ve tal convencimiento que cree en esa ilusión. El poeta no es el que se exilia del pueblo como un dios maldito, es quien habita la ciudad con atención a las formas, a los hechos, para poder así dar cuenta del evento de la existencia.

 

Paterson camina bajo la sensibilidad y la creación de sus poemas; su bus avanza como en el sueño de su esposa que sitúa a su marido en Persia y, efectivamente, Paterson parece montado en un gran elefante blanco que ilumina el entorno. Y esa especie de permanente presencia de epifanías es truncada por una pareja en la que no sucede el comercio triste existente entre Romeo y Julieta sino, más bien, el dolor que hay entre Antonio y Cleopatra. Esta pareja obligará a Paterson a la única acción heroica del filme, una acción llena de burlas a lo Costello, pues el poeta  que no ha sido expulsado no pelea con el horror del armamentismo ni con el odio interracial. Siempre hay en este filme hombres y mujeres de distintas procedencias nacionales y raciales: norteamericanos blancos y negros conversan; blancos e hindúes hablan de sus rutinas, gringos y japoneses hablan de poesía; blancos e  iraníes conviven en un encuentro cordial en el que la mutua admiración parece un paraíso con obras verbales, musicales, pictóricas, artesanales que celebran los volúmenes y la verdad del mundo. Este filme pareciera vivir en una sociedad americana no amenazada como la actual, por la intolerancia racial con el otro y el diferente.

 

El chofer entra en un duelo cuando ve esfumarse su poemario. Sin embargo, entonces, aparece un japonés, uno de esos orientales que, sin embargo, no representa al insoportable turista que dispara y dispara con su cámara. En este filme no hay cámaras ni televisores y son casi inexistentes los celulares. El japonés ha llegado a Paterson con el libro Paterson de Carlos Williams y, en vez de encontrarse con el venerado poeta, halla frente a las cataratas, al heredero,  al adolorido poeta y chofer. Le pregunta si es poeta y el poeta dice que no. Algo le dice al japonés que debe de restituir a este ámbito lo que ha leído en Osaka, y le entrega a Paterson un hermoso cuaderno con las hojas en blanco. El poeta que se debate entre la intimidad de su poesía y la poesía en tanto acto público, recibe ese instrumento como un llamado de la palabra en busca de la esencia del mundo. Ha perdido un libro de poemas, pero poeta que antes de publicar un libro no haya perdido uno o varios libros de poemas, se salta la etapa en la cual ni la amada o el amado debe acceder a su poesía.

 

Entonces vuelve a empezar la semana, el ciclo del tiempo condensado por la poesía, el tiempo del cual la poesía es su apóstol y su quimera, la voz de las horas que permanecen entre nosotros batiendo las aguas, como el poema escrito por una niña –una niña gemela–, Agua cae, que Paterson escucha y celebra porque la poesía es finalmente un festín tribal. En fin, este filme habla del recomenzar, y de cómo la poesía es la canción de los reinicios.

 

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