POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

SOBRE MIEDOS Y DESHUMANIZACIONES. 

Por Carlos Fajardo Fajardo.

El destierro del concepto de dignidad en el capitalismo depredador actual, junto a la desaparición casi abrupta de una concepción humanista, han legitimado la corrupción política y la atroz anti-ética empresarial mercantil; un cinismo galopante y creciente, la perversa ideología de la mentira como dispositivo de manipulación social y la desinformación masiva en los medios de comunicación. Como resultado tenemos la liquidación del sentido humanístico y la imposición de valores ecónomos, datos bursátiles y estadísticos. En medio de todas estas estrategias, el neoliberalismo globalitario genera nuevos miedos que coaptan las libertades individuales, paralizan las autonomías personales, en tanto que, como una trampa más, impiden arriesgarse a ser libres de terrores infundados. Miedo a perder el empleo, a la pobreza, al terrorismo, a las invasiones de inmigrantes,  al multiculturalismo global que genera pérdidas de identidad… En fin, son miedos que desaparecen el sentido de solidaridad, de respeto, alteridad, dignidad y de congregación con el semejante. A cambio, los miedos imponen individualismos, egoísmos, competitividad, mentalidades de salvación personal y una agorafobia creciente y antisocial.

 

La puesta en marcha de ciertos sentimientos emotivos, sensacionalistas, resucitan las viejas tácticas y técnicas de los fascismos del siglo XX. El destierro de la dignidad humanizante y solidaria es evidente cuando se ubica en los escenarios mundiales al miedo como entidad óntica, suprema, cuyos propósitos son beneficiar a unos pocos, desterrando del bienestar a la mayoría, víctima de paranoias infundadas.

 

En Europa y Estados Unidos, por ejemplo, se han expandido los miedos a la amenaza de “invasiones bárbaras” provenientes de países del tercer y cuarto mundo, lo que genera cada día más exclusión al extranjero, más rechazo al diferente y una potencialización peligrosa de los nacionalismos neofascistas. El destierro humanista se hace patético. Los inmigrantes son los nuevos enemigos y una oportunidad para que las ultraderechas se fortalezcan y legitimen su ascenso al poder. La xenofobia asume puesto de honor en estas cartografías geo-políticas. El racismo se establece como un arma para rechazar la amenaza de invasión de lo extranjero y diferente. Europa y Estados Unidos explotan estos miedos, los exageran y amplían a todas las clases medias, que como tal se sienten amenazadas y ven su protección en los discursos populistas discriminatorios.

 

Ante el miedo a los inmigrantes extranjeros y desplazados internos–diríamos desterrados-; frente a la barahúnda de gente “rara” copando los espacios cotidianos -antes aparentemente “tranquilos” y “apacibles”-, se eleva una voz de protesta y de indiferencia antisocial que ignora las circunstancias políticas y las tragedias humanitarias que han llevado a tal situación. La opinión mediática se ha encargado de dicha des-educación sobre los verdaderos causantes de estos destierros masivos; ocultan que el neoliberalismo y el neocolonialismo, con su atroz maquinaria devastadora, fabricante de guerras y de pobreza, son los culpables de tanta degradación humana. Los nacionalismos antirracistas, entonces, son caldo de cultivo para unas derechas chovinistas, que han construido como enemigos a los recién llegados, a los despojados, a los sin Estado, sin patria, sin lugar ni techo. Son la plaga que trae la “peste” contemporánea, los “malditos”, portadores de malos tiempos; por tanto, no serán nunca bienvenidos.

 

Se trata de estigmatizar al otro por diferente, volverlo extraño, anormal, víctima; hundir su palabra y su discurso en el silencio, callarlo a través del ninguneo y la invisibilidad, no aceptarlo, no escucharlo, no admitirlo, odiarlo; señalarlo como culpable social, como indeseado; llevarlo al exilio, a su desaparición y partida definitiva.

 

Vivimos con estos miedos tanto en el llamado primer mundo como en el ahora denominado “sur-global”. Miedo existencial como hecho cultural. Es la consecuencia de la creación, por parte de los acaudalados del mundo, de supuestos causantes de todas nuestras desgracias -llámese terrorismo real y ficticio, Irán, Siria, chavismo venezolano y gobiernos progresistas-, montajes que los neofascismos y las derechas latinoamericanas y mundiales construyen para justificar la mayor agresión política, económica y mediática que se haya visto en las últimas décadas. Es una vuelta a crear demonios y monstruos, como lo fueron en la guerra fría la URSS, China, Cuba y los países socialistas; un retorno a instaurar el miedo, metódica y sistemáticamente, so pretexto de fortalecer la seguridad nacional y defender la democracia. Entonces, paralizando a los ciudadanos con infundados terrores, enjuiciando y desechando a los problemáticos, el neoliberalismo prepara y ajusta sus armas, tiene su camino de rentabilidades financieras y de privatizaciones asegurado.

 

El miedo marcha por oficinas y corredores, inunda las salas de reuniones burocráticas, viaja y calla la boca de los lúcidos, paraliza las voces de los que sólo viven para satisfacer a sus “jefes”. Cuánta tranquilidad trae para los déspotas; cómo garantiza la continuidad en su puesto al neo-esclavo. Es un miedo grávido, pesado, que teme a la levedad, a la risa, a la ironía, al desenmascaramiento. Es el miedo a la profanación del templo. El estatismo es su sino, pero para aquel que lo desafía, el destierro será su condición.

 

“El capitalismo es amoral y no entiende el concepto de dignidad humana”, ha escrito Boaventura de Sousa Santos; es una máquina trituradora de seres, que impone “una cultura del miedo, del sufrimiento y de la muerte para las grandes mayorías”. Sin embargo, “es posible luchar contra la supuesta fatalidad del  miedo”.1 Esa lucha debe ser conducida, según de Sousa Santos, por tres palabras guías: democratizar, desmercantilizar, descolonizar. Tres palabras claves como propuestas sociales para hacerle resistencia y re-existir a las lógicas del capital financiero, a su desarrollismo lucrativo mordaz, el cual destierra las ideas de justicia, democracia participativa y equidad  social2.

 

Sumergidos en la sociedad de la acumulación y concentración de capitales; padeciendo las involuciones respecto a las conquistas laborales logradas en el siglo XX por las luchas sociales y sindicales; atrapados en los miedos que la “sociedad del rendimiento” (Zygmunt Bauman) genera debido a sus exigencias de sobrehumana eficacia, nos hemos vuelto seres depresivos y fracasados, autoexplotados, autoextenuados por tratar de dar la talla que exige el neoliberalismo; hombres y mujeres con un profundo sentimiento de culpabilidad por su fracaso y, al decir de Bauman, con una “insuficiencia vergonzante que los despoja de cualquier vestigio de autoestima, a lo que contribuyen su infortunio y su humillación”3. Con tales presiones y miedos a la no seguridad personal, a la desprotección por parte del Estado; cargando todo el peso como si fuéramos culpables de nuestra “mala suerte” y con el temor a que se nos considere insuficientes, ineptos, ineficaces y nada emprendedores, vivimos controlados como nuevos súbditos en la sociedad de los “rendidores”.

 

1 De Sousa Santos, Boaventura (2017). Trece cartas a las izquierdas. Bogotá: Ediciones desde abajo. p.51.

 

2 En palabras de Boaventura de Sousa, “Democratizar la propia democracia, ya que la actual se dejó secuestrar por poderes antidemocráticos (…). Desmercantilizar significa mostrar que usamos, producimos e intercambiamos mercancías, pero que no somos mercancías ni aceptamos relacionarnos con los otros y con la naturaleza como si fuesen una mercancía más. Somos ciudadanos antes de ser emprendedores o consumidores (…). Descolonizar significa erradicar de las relaciones sociales la autorización para dominar a los otros bajo el pretexto de que son inferiores: porque son mujeres, porque tienen un color de piel diferente o porque pertenecen a una religión extraña” (ibíd.  Págs. 51,52).

 

3 Bauman, Zigmunt. Extraños llamando a la puerta (2016). Bogotá: Paidós. Pág. 56.

 

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