POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

La crisis social, un reto individual y colectivo

PROGRAMA

0.- Presentación de la problemática inherente a la crisis social y

la labor de los agentes sociales.

1.- Lectura del poema “REVELACIÓN”.

2.- Lectura del poema “LA HOJARASCA”.

3.- Lectura del poema “LAS BRUMAS DE LA AUSENCIA”.

4.- Lectura del relato “EL TREN DE LA VIDA”.

5.- Lectura del poema “FUI VIENTO”.

6.- Lectura del poema “Caminando”.

7.- Exposición de la ponencia titulada “LAS REDES

SOCIALES. PANACEA DEL AMOR SOCIAL”.

 

PONENCIA: LAS REDES SOCIALES, PANACEA DEL AMOR SOCIAL. Nicolás

Zimarro.

 

*LECTURA: REVELACIÓN (Poema)

 

Nos enfrentamos a un problema que afecta a todos y todas y cada uno y una de las

personas de las diferentes sociedades, que no es otro que el de la soledad existencial

y la incomunicación social; problema que, en épocas de crisis socioeconómica, de

pérdida de valores y de quiebra de la identidad individual cobra una especial

gravedad y comporta una serie de consecuencias de índole diversa para las personas,

tales como afecciones en la integridad física y la salud, incidencias psicológicas,

fractura de la entente familiar, ruptura de vínculos afectivos y relacionales,

perentoriedad y urgencias económicas, marginación social, etc.

 

Cualquiera de ellas es en sí misma objeto de consideración teórica y de

tratamiento por parte de los Servicios Sociales. Cualquiera de ellas debe movernos a

una reflexión seria y profunda a quienes estamos al servicio de las personas.

Cualquiera de ellas es razón suficiente para dotar de pleno sentido la labor de los

Servicios Sociales, de las plataformas de acción social y de las redes sociales.

 

*LECTURA: LA HOJARASCA (Poema)

 

*LECTURA: LAS BRUMAS DE LA AUSENCIA (Poema)

 

La tragedia íntima que vivimos todos los seres humanos, en algunos casos en la

lucha diaria por la supervivencia, en otros en la brega por la prosperidad y muchas

veces también en la absurda pelea por la prevalencia sobre los demás, tiene su origen

en una falacia muy extendida en nuestra sociedad, que no es otra que la de la

supeditación de la entidad de las personas a su potencial económico o “status” social.

 

Se trata de una práctica muy común que consiste en considerar a los individuos

humanos principalmente sujetos de materialidad y de poder, antes que personas. Es

más, incluso se llega a conceder que éstos son más personas cuanto más riqueza

poseen o poder ostentan, de modo que implícitamente se admite que las personas

gozan de tal entidad no por el hecho de ser personas sino por tener pertenencias.

La catalogación de los individuos en personas y “¡vaya usted a saber qué!” se

produce a raíz de la total pérdida de valores y del sentido de la existencia que

caracteriza al ser humano y a las sociedades modernas y que se ha dado en llamar

“nihilismo”.

 

Esta actitud ante la vida presupone que la única realidad del ser humano es su

radical soledad existencial. Estamos solos, desnudos en nuestra individualidad. La

sociedad, el supuesto ámbito de las relaciones y la comunicación entre los individuos

humanos, es una constelación de soledades, un espacio cerrado de enajenación de

nuestras carencias existenciales, algo así como un circo donde abundan los magos de

las ideas, los prestidigitadores de los derechos y deberes, los domadores de “salvajes”

–llámese inadaptados-, los contorsionistas de la formación –deformación o

información-, los funambulistas de la utopía, los equilibristas de los títulos de

propiedad y capitales bancarios, los saltimbanquis de la política, los trapecistas de las

palomitas y toda suerte de mercaderías y los payasos de la apariencia. El circo nos

ofrece una única función ininterrumpida, que nos entretiene, despista, anima, aburre,

subyuga, lacera, sobrecoge, solivianta, adocena, obnubila, adormece o mata. Pero

nada más. Cada individuo humano permanece cautivo en su soledad, en su vacío

existencial, y sólo halla consuelo y satisfacción en la adquisición y posesión de

bienes materiales y el ejercicio del poder sobre los otros miembros de la sociedad, en

una pretensión de preponderancia y dominio respecto de ellos. Se establece entonces

una jerarquización de los individuos humanos en razón de su potencial económico y

poderío fáctico, que se resuelve en la distinción entre personas sujeto de derechos y

privilegios, esto es, individuos con entidad personal, por un lado, y entre “¡vaya

usted a saber qué!”, o sea, individuos con entidad meramente numérica y nominal,

por otro.

 

En este contexto…

 

*LECTURA: REVELACIÓN. Nicolás Zimarro.

 

REVELACIÓN

Ya no soy yo

y mi circunstancia.

Lo he entendido de una vez.

 

La ciudad me asfixia.

diseminado en una vorágine

de hombres y mujeres

que pululan

en discordia,

en un desconcierto de solitarios,

en la incertidumbre de la incomunicación

y en el absurdo de una existencia vacua

(de gallina ponedora,

de perro guardián,

de loro vocero

o de hormiga laboriosa);

y perduro entre las ruinas

de mujeres y hombres

que se agolpan

 en el muro del progreso

- en un amasijo de vidas

 reunidas por idéntico infortunio

 y similar negro presente-.

 

En este desierto

hermético y gélido

alquitranado de nihilismo,

me descubro como un ser ínfimo,

desvalido y lastrado de impotencia,

como un soldado anónimo e inerme

envuelto en una continua refriega,

como una alondra errática

que trina y muere en cualquier suburbio.

 

Y, con todo,

yo no soy yo y esa circunstancia.

Lo he entendido de una vez.

 

Soy éter.

Soy pompa con entraña de vate.

Soy arco del triunfo.

 

La metrópoli,

ese endriago

fantasmagórico,

y polimorfo

desplegado en un ámbito

de moles de cemento,

rascacielos de titanio

y edificios de vidrio

y vertebrado en arterias de asfalto

y calles de adoquines,

ya no me asusta.

 

Tú me has abierto los ojos,

numen de mi guarda,

revelándome la cifra

del lenguaje del empedrado,

el misterio íntimo

que se oculta tras los festones de bruma

que cubren mi espíritu

y el secreto

del crepúsculo

donde penden las metáforas

que por la noche alumbran las palabras

que sustanciarán un poema;

tú me has dado alas,

confiándome los arcanos

de una estrella fugaz

que trasciende los límites del tiempo

y quiebra la línea del horizonte cósmico

desgarrando nubes de silencio,

atravesando cielos insólitos,

hendiendo agujeros negros,

penetrando en la entraña de los rayos de luz

y recorriendo el dominio de la fantasía.

 

Lo he entendido, de una vez

por todas.

El enigma

es ahora ley tácita.

Urbanita, alienígena o simple individuo,

sea lo que sea,

mi cometido ha de ser vivir

columpiándome en la cola de los cometas

para precipitarme en caída libre

al universo de lo cotidiano

transformado en cielo azul de primavera,

en lluvia

que riegue esperanzas,

en copos de nieve

que entierren soledades,

en plaga de luciérnagas

que alumbren los caminos de la felicidad

y en versos

que canten al amor.

 

*LECTURA: LA HOJARASCA. Nicolás Zimarro.

 

LA HOJARASCA

 

Los paseos…

Las casas…

Los parques…

El puerto…

En el pueblo todo estará envuelto en luz

en cobalto y ámbar,

se habrá apagado el canto de los grillos

y la carraca de las cigarras,

los campos florarán escarchas

los rosales verterán lágrimas

de pétalos

y capullos mortecinos,

habrá partido la última golondrina

y las hojas caídas

se retorcerán en los suelos de las calles.

 

Es el otoño…

El mismo otoño aciago,

necrótico

y eterno,

la misma pesadumbre

inexorable

y agónica

que padezco en la inhóspita urbe.

 

En este glaciar maldito,

hace lustros

que un vendaval

de melancolía

y de noches fúnebres

derribó los árboles

de la esperanza

y que el desafecto

y la soledad

segaron los arbustos

de los sueños.

 

Aquí somos un montón de hojas secas

pasto de la tragedia,

hojas basura

abarquillándose en un témpano comunitario;

somos hojas zombi

yendo a ninguna parte

al albur de la desidia,

hojas manchadas de sangre

de moho

e indolencia.

 

Yo fui hoja verde

(siempre fresca,

siempre reluciente),

hoja regada por savia nueva,

hoja que vivía en la rama

de un árbol firme.

 

Fui hoja en el pecho de una amiga ,

su colmo

y su apéndice;

fui brote perenne

(vida naciente segundo a segundo)

y vástago

de solsticios y equinoccios.

Fui todo eso…

 

Y ahora… no soy nada.

sólo me queda la náusea

de ser una piltrafa,

sólo la suerte

de ser una hoja marchita

al lado de otras hojas muertas,

sólo el martirio

de pulular en el vacío

o podrirme en la hojarasca.

 

*LECTURA: LAS BRUMAS DE LA AUSENCIA. Nicolás Zimarro.

 

LAS BRUMAS DE LA AUSENCIA

 

La desesperanza

pende del gancho de la puerta…

Estoy solo;

solo… en este cuchitril

sombrío y gélido…

 

Es de noche,

siempre es de noche en esta covacha,

noche de sepultura…

 

Aquí, en esta cripta de alquiler

todo es espectral:

silente…

el canto

del gallo del despertador,

difunta…

la chica

del calendario que cuelga de la pared

y artificiales…

las rosas

del búcaro que reposa sobre la mesa…

 

Uno y otras son el reflejo lánguido

de la misma fábula,

ese delirio

que frrustra los amaneceres

a mazazos de angustia;

no son más que fantasmas

en la penumbra,

cadáveres

que no acompañan a mi soledad,

mortajas

de besos y caricias extintos

que significan la falta de calor humano.

 

Sí… Estoy solo…, aislado intramuros.

 

En este tétrico cubículo

me vence la nostalgia…

¡y siento a las personas tan lejanas!

¡Qué largos y anodinos

transcurren los minutos!

Y sin nadie con quien hablar… ¡qué estériles!

 

El desamparo

- ese puñal clavado en mis vísceras-

me desangra,

en sangre que fluye en hebras

de memoria y despojo,

en sangre de color de pesadumbre.    

 

De la herida profunda brota el miedo:

miedo que eclosiona en mi pecho y vientre

en espasmos de tormento y anhelo,

miedo que convierte mis días aciagos

en vacuidad y absurdo,

miedo que (en esta oscuridad de tumba)

me incita a hurgar en las sombras que ocupan mi catre,

miedo que me escupe a la cara

gargajos de impotencia y tristeza

que evidencian que estoy solo, solísimo.

 

Solo… y enloqueciendo.

 

Le llamo a alguien a cada instante,

segundo a segundo evoco un rostro

y una y otra vez imploro una aparición,

hasta que una imagen

resplandece en el techo de la pieza

con refulgencia de relámpago,

mi grito de alarma

reverbera en la voz meliflua

de un coro de ondinas

que silabea un nombre cualquiera

y el espacio

- mi cosmos de treinta metros cúbicos-

deviene en una playa virgen

en la que un desconocido amigo

me regala olas

y una sonrisa indeleble en los labios…

 

Todo resulta ser un alucinamiento,

una quimera esquizoide.

Porque estoy solo… y sin escapatoria.

 

Cabizbajo, escribo un cariñograma,

merodeo a ese amigo ficticio

y me aferro a su apariencia multiforme.

Y es que me urgen las ilusiones y los recuerdos,

como la luz o el oxígeno;

aunque manen en lágrimas,

se expandan en los susurros del silencio,

estallen en las pesadillas

que me despiertan a deshora

empapado en sudor frío

y transformen en un simulacro

de vano deleite

lo que en otro tiempo fue genuino pálpito.

 

Pero estoy solo… Solo y perplejo,

sumido en las brumas de la ausencia.

La chica del calendario

y las flores del ramilletero

atestiguan mi infortunio.

El desafecto (de una)

y la ternura sintética (de las otras)

han anidado en mi corazón contrito.

¿Cómo va pues a activarme el flujo sanguíneo?

¿Cómo va a darme vida?

No… No es posible. No lo es.

Y sin remedio…

mis entrañas comienzan a enfangarse,

las arterias a mudarse en acequias

y la sangre a tornarse en bilis.

Así que… se me ha desvanecido el hálito,

quebrado el ritmo sístole-diástole,

cuajado el tuétano

y escarchado el seno de los sueños.

Sin remedio… ni término…

he extraviado la alegría,

el hoy,

el norte…;

y habito en la bruma.

 

Bruma… Bruma… Todo es bruma…

Siniestra bruma…

Acuciante bruma…

Envolvente bruma…

Vacío que me engulle.

 

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