POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS
POETAS SIN FRONTERAS - POETS WITHOUT BORDERS

HOMENAJE A GONZALO MÁRQUEZ CRISTO EN EL TERCER ANIVERSARIO DE SU MUERTE

24-05-19.

 

 Al cumplirse el tercer aniversario del prematuro fallecimiento de Gonzalo Márquez Cristo, La Fundación Literaria Común Presencia, la Colección Internacional de Literatura Los Conjurados y el Periódico Virtual Confabulación, rinden tributo de gratitud a su vida, a su amistad y a su prolífica obra, signada de profundos matices poéticos y filosóficos.

Chali, como cariñosamente le dijimos siempre sus más cercanos amigos, navegó hasta sus últimos días entre los metafísicos senderos del arte, abrazándolos como un único camino terrestre y es así como su magnífico legado constituido por la poesía, la novela, el cuento, el testimonio, la crónica, la entrevista y el ensayo, irradiaron en su palabra una literatura llena de signos y revelaciones esenciales, que será sin duda honrada por muchas de las nuevas generaciones de escritores.

 

Transcribimos para todos nuestros lectores, la última crónica escrita por el Poeta

 

Viaje al país sin fin

Por Gonzalo Márquez Cristo

 

A Пилар, mi guía boreal

 

“Cuando seamos conquistados por los extraterrestres es en Rusia donde los derrotaremos”, pensé mientras imaginaba que uno de los aviones verdes y fantasmales de Siberia Airlines me llevaría a esas legendarias tierras, sin embargo al arribar a la Terminal 4 del aeropuerto de Madrid advertí con desolación que el vuelo sería operado por la aerolínea peninsular Iberia, lo que falsearía cinco horas más mi anhelado vagabundear por aquella cultura colosal adherida a mis sueños, desde que en la adolescencia leí la sentencia de Iván Karamazov: “Si no nos salvamos todos yo no quiero salvarme”.

Como talismán había comprado la tarde anterior el extraño diario de Lou Andreas Salomé Rusia con Rainer, donde aquella excelsa escritora y artífice de la liberación femenina –que había seducido a intelectuales de la magnitud de Nietzsche, Rée y Freud entre otros– alude a su periplo casi místico por ese gran país en compañía del joven Rilke, en un memorable trasegar que trastornaría de tal modo al incomparable poeta, que un día poseído por su febrilidad característica proclamó que abandonaría el alemán para escribir en adelante en ruso, esa lengua que ella le enseñó en su erótica convivencia mientras le iba presentando las grandes figuras de la letras engendradas allí como León Tolstoy. De ese terremoto interior Rilke crearía algunos textos en ruso, colmados de errores gramaticales que no obstante validan su incandescente poesía, como aquel donde manifiesta que carece de patria en el tiempo, poderosa imagen que con el resplandor de Las elegías de Duino, me despojó hace años de toda vanidad que no aflorara de los territorios del afecto.

En la sala de espera del aeropuerto Barajas, donde llegué con suficiente antelación, me sorprendió ver que muchos de los pasajeros aún creían en ese objeto amenazado que denominamos libro cuando lo usual en estos casos es verlos en sus intrascendentes tareas cibernéticas. Para mi asombro: en la silla contigua, un joven de anteojos naranjas, leía inmutable una biografía de Tarkovsky lo que interpreté como un signo propicio, pues en parte estaba allí convocado por ese genio del cine, o mejor, gracias a la devoción que le tenía mi amigo Julio César Goyes al gran cineasta poético, a quien le había dedicado una profusa e inquietante tesis sobre El espejo, resplandor que me abrió de nuevo esa nación extraordinaria, excluida perversamente por la imaginería maniquea de Hollywood y por la sistemática y falaz información proveniente del imperio que nos tocó vivir. 

Instigado por la avidez de los lectores que me rodeaban acudí entonces al libro de Lou Andreas que concluiría en el vuelo de más de cuatro mil kilómetros. Ya en el avión recordé lo que había leído recientemente sobre la historia de Rusia y mis escarceos con la hermosa lengua cirílica cuyo alfabeto de 33 letras se me fue adentrando como un sistema de fósiles luminosos, como una escritura dibujada en el espejo provista de una antigua magia, que había practicado con pasión escribiendo algunas frases del arsenal romántico y los nombres de los escritores rusos que me obsesionaban y, desde luego, los de algunas mujeres con el propósito de deslumbrarlas.

Durante el largo viaje me deleitaba por momentos escuchando a dos rusas que conversaban detrás de mí en su dulce idioma que cuando fluía en voces femeninas me parecía el dorado canto de un manantial.

Antes de sobrevolar Moscú (Maskva como se pronuncia) rumbo al aeropuerto Domodedovo, y de ver el cuerpo de esa megalópolis acostada, la más populosa de la región septentrional del mundo, habitada por trece millones de personas, y donde la vegetación es protagónica, ya había culminado el libro y encontrado en aquellas páginas otra idea para explicar el heroísmo de un pueblo cuya fascinante capital casi milenaria, había sido destruida numerosas veces: por los mongoles, los tártaros, los polacos, los lituanos, la peste, e incluso por ellos mismos cuando determinaron incendiarla antes que ofrendarla con humillación a Napoleón en 1812: “En Rusia la sociedad culta aborda la acción heroica con espíritu de sacrificio, idealismo e infinita bondad, porque a la acción social se le une un alma inmensamente delicada… No se puede hablar de decadencia sino que el alma es joven y aún permanece intacta”, reflexionaba Lou Andreas.

Aterricé en uno de los tres aeropuertos internacionales de aquella Ave Fénix urbana con aplausos frenéticos de los rusos, lo que me hizo pensar en aquel salvajismo que me atraía –en su “alma joven” manifiesta–, y luego al pasar por la temida inmigración con mi vilipendiado pasaporte que extrañamente allí es respetado –a tal punto que ni siquiera le es exigida visa a los colombianos para entrar–, respondí a una voluminosa guardia quien preguntaba sobre mi profesión: Я поэT (Ya poet) –pues sabía que en ese país la poesía aún es una referencia vital– y lo reiteré con júbilo porque en ese idioma donde el verbo ser en presente se omite, sería la única lengua donde no me avergonzaría al confesarlo. No puedo asegurar que la guardia me sonriera lo que es infrecuente allí a pesar de la amabilidad de sus habitantes, pero sí que me miró con complacencia.

“¿Qué esperar…? No sé… tal vez nuevos milagros”, dice uno de los personajes de Tarkovsky en esa obra maestra que es Solaris, y recordándolo me propuse no interferir en la metamorfosis del viaje: aquella mutación que siempre esperamos los más desprotegidos errantes, los entregados sin reservas a toda cultura esencial.

Al salir me aguardaba el fraternal Daniel Pérez, alumno de Matemáticas de la Universidad de la Amistad de los Pueblos, donde se preparan estudiantes de 150 países del planeta. El ingreso a Moscú se dificultaba por obras en la vía pero era notorio que arribaba a otro mundo –tal vez porque el idioma determina toda creación simbólica y los letreros del Metro y las cartas de los restaurantes incluido McDonalds están solamente en ruso, y el inglés es un idioma de desarrollo embrionario mientras el francés pareciera haber quedado cautivo en el siglo XIX–. Cenamos en MuMu, cadena especializada en gastronomía rusa, primero unos blini (crepes) con smetana (suero) y luego una deleitosa cerveza Baltika, viendo que algunos turistas alemanes se agachaban a ordeñar la vaca de plástico –símbolo del establecimiento– y observando cómo uno de ellos mamó de sus ubres mientras las cámaras de sus amigos registraban su desviación edípica.

Caminé por la calle Arbat que al atardecer del verano parece un sueño y más tarde preparé mi licorera de acero con el fin de brindar clandestinamente con la gigante estatua de bronce de Alexander Pushkin y su fatal amada Natalia Goncharova, que representa a la pareja tomada de la mano dirigiéndose hacia la casa donde nació el poeta. En la actualidad este monumento es rodeado por violinistas o chelistas que sombrerean, y por dos hermosas rusas que recitan durante horas, infatigablemente, textos del gran escritor libertario, quien fue perseguido y condenado al destierro, y quien moriría en un extraño duelo en 1837 pactado con un militar francés, con el propósito de defender la honra de su esposa –célebre por su belleza de muñeca de porcelana–; aunque según algunas fuentes se trató de una macabra estratagema política donde la intención era deshacerse de este agudo crítico del poder.   

Pensé en la intensa y dionisiaca vida de Pushkin y en su trágico final a los 37 años, recordé que al conocer a la Goncharova le había dicho que sería capaz de morir por ella lo que resultó profético, e imaginé su arma manipulada, la trágica ternura de su pistola disparando una bala de goma; y luego acercándome a él brindé sigilosamente a su memoria con un viscoso trago de vodka.

Vagué por las calles bulliciosas –como él decía– de esa urbe vertiginosa, observando las etnias asiáticas que la enriquecen y recordando algunos de sus versos libertarios: “Desgraciado país: donde el esclavo y el adulador rodean al trono, / mientras el cantor elegido por el cielo / debe callar bajando su mirada altiva”.

El sueño que había avivado comenzó a acoplarse con la realidad y esa noche me fue difícil dormir. La ciudad latía afuera con su gigantismo natural, con avenidas de 16 carriles, con edificios enormes coronados por inmensas grúas y con sus mujeres ensimismadas que avanzaban sobre sus altos tacones como elegantes pájaros migratorios.

Al día siguiente, rumbo a la anhelada Plaza Roja, visitaría al Café Pushkin, famoso por la canción “Nathalie” compuesta por Gilbert Bécaud; y aún conservo una moneda de chocolate marcada con el nombre de esa mansión barroca.

El paisaje urbano coincide con la imagen arquetípica de las postales, las casas denotan una antigüedad majestuosa y la limpieza allí es fanatismo: se ven equipos aseando las calles sistemáticamente, y en las hermosas estaciones del metro donde impera el mármol –verdaderos palacios subterráneos– decoradas con vitrales como la Novoslabodskaya, con frescos como Park Pobedy, con perros de bronce a los que se le acaricia el hocico según costumbres agoreras como la emblemática Revolución, y con enormes arañas de cristal como la Komsomólskaya, frecuentemente se ven trabajadores limpiando las barandas de las interminables escaleras eléctricas –algunas de cien o más metros– representando una compleja coreografía.

Moscú es una ciudad frenética y, aunque su corta edad capitalista es de apenas dos décadas, es la segunda urbe que posee más millonarios en el mundo, y los Ferrari, los Maserati y todos los autos deportivos son más frecuentes que en New York. Es una metrópolis colmada de parques, con uno de los desempleos más bajos del mundo, donde la contaminación visual es casi inexistente –porque por ahora han tenido la sabiduría de regular la publicidad, esa aberrante disciplina donde los mismos productores quieren persuadirnos de la calidad de sus engendros.

 

Cuando un individuo que ha vivido el romanticismo de la Revolución entra a la Plaza Roja es una experiencia conmovedora. Exclama, se arrodilla en ese rectángulo de 330 metros por 70, que deriva su nombre de Krásnaya (que en ruso significa roja pero en antiguo eslavo su uso era para designar algo bonito).

Si la tierna catedral de San Basilio con sus cúpulas en forma de cebolla es admirable a tal límite que existe la leyenda de que Iván el Terrible ordenó enceguecer a su arquitecto Yákovlev para que no osara repetir esa obra magnífica, por el acceso central de la Plaza existe una pequeña iglesia, la de Nuestra Señora de Kazán, ornamentada con tanta humildad, con iconos tan precarios y hermosos, que viéndolos a la luz de las velas surge por instantes el deseo de creer en un dios como el adorado allí, tan elemental y modesto, distante de las deidades prepotentes del catolicismo romano. “Rusia entre más cotidiana más sublime y entre más sublime más cotidiana”, había dicho Lou Andreas...

Contemplar el majestuoso diseño militar de Moscú, sus tres anillos que la hacían inexpugnable y que ahora son gigantes avenidas, las estaciones de metro construidas a una profundidad pasmosa que servían de refugios antiaéreos, y más aún, entrar al Kremlin, deslumbrante corazón arquitectónico de la capital, rodeado por una gran muralla de 2 km y por 19 hermosas torres rojas coronadas de estrellas de rubíes, admirar en su interior sus cuatro palacios y tres catedrales (Anunciación, Dormición, Arcángel Miguel) y sus dos iglesias (Doce Apóstoles y Deposición del Manto), y pararse en la plaza Ivanovskaia rodeada de cúpulas doradas es una experiencia inefable.

Acercarse al Cañón del Zar y contemplar sus obuses gigantescos como huevos negros de pterodáctilo, abrazar la Campana zarina de seis metros de altura –objetos inservibles por su pretensión desmedida–, y caminar por los Jardines de Alexander que lindan con el Gran Palacio presidencial, expresan lo más visible de esta ciudad que posee la forma de un sueño.

Nunca conocí la comarca que camina por las calles en pijama que afirmó ver García Márquez en 1959, ni ya es posible contemplar la momia de Stalin con sus manos de mujer enterrada en 1961, ni tampoco es ahora necesario hacer una fila de kilómetros para entrar al mausoleo como lo describe el adalid del Realismo Mágico, sin embargo caminé el minuto prescrito por la tradición alrededor de Lenin en su urna de cristal. Increíblemente conservado después de casi cien años, al observar su rostro de pergamino pensé que si alguien pudiese tocarlo se desvanecería como un puñado de arena. Bajo el protocolo que impone la arquitectura, la escasa iluminación y los adustos guardias, se sale con la sensación de haber presenciado un culto de incorruptible sordidez, como si por un artilugio siniestro se hubiese intentado capturar el evasivo rostro de la muerte, dejándonos no la ironía de la calavera, sino su caricatura solemne.

Más tarde al ver las fotografías de la fachada del monumento funerario vi que parecían superpuestas, que se reflejaban en sus paredes imágenes fantasmagóricas; al principio creí que era un error de la cámara, pero al hallar otras en Internet donde es visible el mismo fenómeno, comprendí que la estructura fue diseñada como una ilusión de mármol y granito, como un rojo espejo de sombras. 

La poesía determina esta metrópoli: en los numerosos y floridos parques nos aguarda un artista de bronce. Al ver la monumental escultura de Dostoievski presidiendo la biblioteca de Moscú, pensé que si se levantara tendría cuatro metros de altura. La fotografíe cuando una paloma picoteaba su fantasiosa cabeza. “Los monumentos poseen esas dimensiones porque aquí saben que están representando verdaderos gigantes”, me diría después un alucinado sueco.

Mientras caminaba con el ensayista y traductor Rubén Darío Flórez, Ministro Consejero de la Embajada de Colombia, por unas calles plácidas en busca del monumento del Premio Nobel Joseph Brodsky, me encontré de pronto equiparando New York con Moscú: “Las dos son notables capitales imperiales pero una es vertical y la otra horizontal (prefiero por principio este último adjetivo); una tiene el Central Park y la otra el Gorki (nombre de escritor); una tiene el museo Metropolitan y la otra el Pushkin (y es obvia mi predilección por los poetas); una privilegia lo nuevo y la otra las raíces; allá dicen cheers para brindar lo que no es posible comparar con el emotivo nazdarovia. Y para complementar mi analogía quería hacerte una pregunta, Rubén: ¿aquí no hay mujeres feas?” A lo que él me respondió sin pensarlo: “Sí las hay, pero son inglesas o francesas, y para que nutras tu asombro te aconsejo que conozcas, por simple cultura general, las mujeres de Vladivostok”.

Sin duda lo habría intentado debido a mi vehemente pasión por la antropología, pero quedaba demasiado lejos: a 10.000 kilómetros, a siete meridianos... Es famosa la gesta de un personaje soviético que partiendo de ese famoso puerto enclavado en el extremo este de Rusia a las 12 de la noche de un 31 de diciembre en un avión supersónico, en contra de la rotación de la Tierra, alcanzó a detenerse siete veces para celebrar el Año Nuevo antes de aterrizar en Moscú. Rusia tiene ahora –después de la separación soviética– 17 millones de km2, en este territorio cabe dos veces Estados Unidos y Colombia 16, razón por lo que deberán perdonar en adelante mi ignorancia etnográfica referente a aquellas inquietantes féminas.

“Me impresiona de este país esa irrestricta fuerza que siempre lo renueva”, reflexionó Rubén Darío. “Cada año es azotado por una catástrofe natural pero vuelve a florecer. Es una nación ejemplar que cada doce meses tiene la responsabilidad de inventar la vida”.

Ese pensamiento podría definir a este pueblo heroico que ha construido magníficas ciudades con un solo mes de verano, que ha padecido las confrontaciones más devastadoras sin siquiera plantear rendirse, y que durante la Segunda Guerra, según refiere Pablo Neruda, sus habitantes comían helado a veinte grados bajo cero y caminaban con tal tranquilidad que era obvio pensar que derrotarían a Hitler.

Confrontando esa metrópolis extraordinaria con la esclerótica Bogotá llegamos en autobús al hermoso monumento a Brodsky a las nueve de la tarde. La sensación térmica era de ocho grados: sin embargo para nuestra suerte estábamos protegidos por unos inolvidables vodkas Standard, el único licor, que yo sepa, inventado por un genio de la química: el barbudo Dimitri Mendeleiev, creador de la Tabla Periódica. Allí nos fotografiamos al lado del gigantesco y verde Brodsky de tres metros y medio que otea el horizonte. (Ahora me pregunto si la valija diplomática de la Embajada de Colombia, tratándose de una bebida científica, no hará una excepción al respecto para poetas sedientos).

Al día siguiente frente al monumento a los Cosmonautas –una estructura erguida de 108 metros que culmina en una nave, revestida en titanio para que se reflejen de día las nubes y de noche las estrellas–, vi los primeros cohetes fabricados durante la década del sesenta que tornaban categórica la idea de que los rusos iniciaron la Era Espacial de una forma tan primitiva –lo que produce más asombro–, como si hubiesen viajado a la luna en bicicleta o en la nave de Méliès.

El homenaje a la Victoria, el monumento más alto del mundo, de 142 metros de altura, es una estela coronada con la Diosa griega Niké y en su subsuelo contiene un museo inaugurado en 1995, para celebrar los cincuenta años del triunfo en la Gran Guerra Patria contra la Alemania Nazi. Son impresionantes las capillas que recrean las batallas decisivas, realizadas con soldados de cera y fragmentos de tanques verdaderos, ambientadas con sonidos, verdadero teatro de la ignominia que pretende que jamás olvidemos los 25 millones de muertos puestos por el pueblo ruso en la contienda mundial. Una escalera de huesos de cerámica y un homenaje a los judíos hacen de este espacio un notable viaje a la ceniza.

Vi en la Galería Tretiakov, sublime museo especializado en arte ruso, obras maestras del levitante Chagal, del musical Kandinsky, observé como un sacrílego el escandaloso “cuadro negro” de Malevich, y amé el realismo cristalino de Repin, el oscuro impresionismo de Vrubel, el lirismo de Vasnetsov –quien además diseñó la fachada de este bello lugar–, y por último vi la “Trinidad”, esa obra maestra del pintor de iconos Andrei Rubliov, que representa una divinidad fragmentada en tres ángeles mediante el don de la ubicuidad, cima del arte místico, que para los rusos, como todo su universo pictórico del medioevo no es una representación de lo divino sino un fragmento de ello, una prueba material de dios; porque allí el arte no es un simple problema estético sino espiritual.

En el parque Gorky tomé un barco por esa gran lengua verde que es el río Moscova y cada vez que pasaba bajo un puente me uní a los niños que gritaban convocando ecos; en uno de los recodos, y desde el segundo piso de una antigua casona, tres pescadores lanzaban el anzuelo cantando.

Antes de abandonar Moscú el matemático Daniel me prometió encontrar el monumento a Tarkovsky cuya ubicación era confusa en nuestras pesquisas virtuales. Después de dos horas de extravío, siguiendo un GPS traidor, bajo un clima canicular, llegamos a la escultura que celebraba a los tres grandes cineastas, bello homenaje por su composición múltiple y armónica. Al encontrarlo al fin, como si hubiésemos coronado el Everest, nos hicimos una ráfaga de fotos.

 Al día siguiente tomaría el Tren Halcón Peregrino (Sapsán) hacia San Petersburgo, “la incomparable”, una de las más bellas ciudades del mundo, pero antes ofrendé dos tulipanes morados a la estatua de Pushkin. En la estación Leningradsky todo parecía confuso. Los extranjeros llegábamos hasta unas puertas insalvables y permanecíamos allí atónitos. Ingresando por un corredor alterno logré observar las vías del tren sin encontrar solución al acertijo. Próximo a la hora de salida se me acercó un argentino, quien preocupado también por el misterio logístico mirando su reloj me dijo que debíamos tener paciencia pues faltando media hora para la salida del tren algo sin duda ocurriría en esa puerta. Agradecí su optimismo.

Durante 700 km recorrí el país hacia el norte en un tren donde los rusos eran reconocibles pues lucían ropa ligera mientras los extranjeros portábamos abrigos. Interminables bosques de abedules, hayas, pinos, pero jamás se veía una montaña; presenciábamos una vegetación verde profunda que me acompañaría durante las cuatro horas de recorrido, mientras asiduamente aparecían las famosas dachas construidas por este pueblo que habiendo domeñado el frío, amaba vivir en el campo entre la densa vegetación, en casas de madera y techo de paja.

La lluvia jamás amainó por lo que recordé el mágico final de Solaris cuando el cosmonauta regresa a la dacha paterna y por una ventana nota que llueve dentro de ella, pero no en su exterior.

Llegué a San Petersburgo una tarde oscura de agosto bajo un aguacero inclemente; el primer taxista que abordé intentó cobrarme cinco veces el valor, sin embargo una repentina hada boreal me protegió guiándome hasta un vehículo estacionado en la distancia. Arrastrando mi equipaje por el asfalto anegado pregunté en mi precario ruso por la tarifa al hotel pero desde luego no fui entendido. Después al mostrarle al conductor un papel mojado con la dirección escrita me dijo la tarifa. Yo entendí el precio pues sabía contar hasta mil pero dudaba por parecerme un valor tan reducido. Para estar seguro le tendí un bolígrafo y vi la favorable cifra antes de que la tinta se diluyera por el agua. Afortunadamente la sobrevivencia depende de un puñado de palabras y los lenguajes son con frecuencia un refinamiento cultural innecesario, pensé. Estaba feliz. Quince minutos después ingresaba al hotel desde cuya terraza se podía apreciar la cúpula del Hermitage.

Al escampar, hacia media noche, decidí aventurarme por las calles aledañas en busca de comida. Cené sopa solyanka (delicadeza gastronómica que contiene carne, pepino y el infaltable eneldo de Rusia) y luego fui a mi habitación. Al no llevar nada de valor decidí guardar en la caja fuerte unas pequeñas muñecas vestidas con trajes típicos y unas matrioshkas que había comprado en una tienda de artesanías que parecía levitar por su desatado colorido.

Era muy bueno el hotel para que pudiese dormir –siempre dormía plácidamente en los hostales miserables pero en éste sabía que algo ocurriría–, y así fue como horas más tarde al no poder controlar el aire acondicionado que gélido soplaba desde arriba y ante mi incapacidad para explicar el problema a esa despiadada hora al empleado de recepción, intenté infructuosamente dormir sentado con mi sombrero de paja tapándome las orejas.

Muy temprano me entregué a la increíble ciudad. Visité la estatua ecuestre de Pedro el Grande y en la catedral de San Isaac vi un curioso personaje que vestía una camiseta de Supermán y que irrespetando la fila entró intempestivamente. Luego cuando me aproximaba al obelisco de Alejandro advertí que venía tras de mí rezagado. Me dispuse a entrar al Hermitage, para muchos el más importante templo del arte del mundo –que cuenta con casi 3 millones de obras, cuatro veces más que el Louvre, las más notables de ellas exhibidas en 300 salas del bello y desenfrenadamente barroco Palacio de Invierno.

Vi que abriría al público a las diez de la mañana y estaba próximo ese acontecimiento vital. Me filtré entre unas monjas que bloqueaban la puerta, compré raudo el boleto en una máquina y aventurándome por los jardines logré entrar antes que todos –para la envidia de mis amigos pintores– a ese museo insuperable cuya colección básica fue adquirida por Catalina La grande. Mientras veía Tizianos y Caravaggios y Veroneses, fui nuevamente rebasado por Supermán, pero mientras contemplaba la perturbadora “Caridad romana” de Rubens, donde una exuberante mujer amamanta a un hombre encadenado, noté que su afición era estropear las fotografías, lo que comenzó a divertirme. Estuve seis horas allí, viendo cuadros de Da Vinci, Gauguin, Van Gogh, Rembrandt, Rubens, Hals, Greuze, Snyders, Ribera, Van Dick, Claesz...

Al día siguiente visité el grandioso palacio de Petheroff, y mientras recorría esos jardines sublimes, la Cascada de Oro, la fuente de los Leones y un delicado sol de agua, presencié una pareja vestida con traje de boda, lo que era muy frecuente en Rusia –en los lugares emblemáticos–, y pensé que casarse pareciera ser un deporte nacional, y mientras contemplaba alelado a la provocadora novia el padrino me solicitó retratar al grupo celebratorio. Armado de su cámara disparé una ráfaga de fotos hasta que un cuervo de lomo blanco se posó sobre la baranda, signo que fue leído como una superstición aciaga por una bella mujer que a mi lado besaba con intensa ternura una diminuta flor amarilla, entonces emprendí el veloz camino de regreso por el lomo del río Neva en Meteor.

Al día siguiente –en San Petersburgo– me adentré en la fortaleza de Pedro y Pablo, y en la catedral que posee esa inmensa cúpula en forma de dorada aguja que penetra el corazón del cielo, símbolo de esa ciudad magnífica, pude observar la fase final de una ceremonia religiosa, donde siete sacerdotes ortodoxos con sus vistosas vestiduras litúrgicas se inclinaban persignándose simultáneamente de espaldas a los asistentes, por diez veces seguidas, mientras se escuchaban unos coros sublimes. Vi que todas las mujeres tenían el cabello oculto con una pañoleta aunque no tenía importancia si vestían minifalda, prenda tan común allí cuando la temperatura superaba los cinco grados: el cabello sin duda tenía una connotación más perversa.

A la salida del templo me tropecé de nuevo con Supermán quien deseaba espiar algo de la ceremonia; esta vez nos saludamos rápidamente. En uno de los bares próximos, mientras escampaba descansando de la maratónica jornada, el pintoresco héroe entró y se dispuso a beber vodka. Me sorprendía tanta coincidencia. Al cabo de tres tragos ya éramos amigos. Se trataba del poeta vikingo Thomas A. Ordelt, anarquista consumado, quien creía que su camiseta era una provocación en Rusia. Me aclaró que durante su visita a Estados Unidos portó una con la imagen de Bin Laden y que la próxima vez que fuera lo haría con la de Putin. Bebimos compulsivamente. Caviar rojo sobre tostadas de mantequilla le daban matiz a nuestro encuentro. Antes de anochecer decidimos visitar el Acorazado Aurora, emblemático barco que disparó en la Revolución de Octubre –en 1917– el cañonazo que sería el santo y seña para la toma del Palacio de Invierno. Nos dirigimos en su búsqueda. Al caminar dos cuadras llegamos al navío lo que nos sorprendió en principio pues en el mapa parecía más distante. El vikingo entró al barco y alegremente me instó a seguir pues advirtió que se trataba de un bar, anclado sobre el río Neva. Elogió la sabiduría rusa que había convertido un monumento nacional en una taberna. Allí, con esa hermosa vista exigimos 300 mililitros de vodka (así se pide allí lo que para mí parecía una medicina), y brindamos reiteradamente por los bolcheviques.

Al salir nos hicimos numerosas fotos frente al barco hasta que el barman inquieto nos preguntó el motivo: mencionamos la importancia para nosotros del Acorazado Aurora. El ruso al escucharnos casi se cae por la borda de la risa pues estábamos en un frágil barco de piratas, que aunque tenía la bandera de Rusia izada era simplemente un bar de borrachos o de poetas alucinados, y el famoso buque, sagrado museo de la Revolución, estaba algo lejos para la hora, para la lluvia y para la feliz embriaguez que nos asistía. Sin desfallecer regresamos al centro caminando mientras pensábamos que esa visita quedaría suspendida hasta el próximo viaje a Petersburgo.

Cené en el restaurante el Idiota, homenaje gastronómico a Dostoievski, a esa novela donde describe a un imbécil lúcido cuyo problema es ser ingenuo en una época que privilegia la astucia; allí cortejé a una mujer que le teme a los pájaros y ordené la totémica sopa borsh donde sangra la remolacha: me parecía estar comiendo una pintura...

Era tarde. Al salir del restaurante vi con asombro a una pareja que iba a caballo por los andenes y pensé que la fuerza primitiva de ese país no claudica a pesar de sus hazañas tecnológicas; cuando se detuvieron frente a mí sentí que volvíamos al pasado, y observé que ella era una rubia de ojos grises provista de una belleza irreal –tan frecuente allí– como si hubiese llegado de la muerte.

Mi viaje a España era a las tres de la mañana. Pegado a la ventanilla del avión me despedí del país usando esa palabra rusa que es insuperable en otras lenguas por su carga de melancolía: Dasvidania (adiós), y evoqué el adagio de que no existe nostalgia como la de los rusos, que reverencian su tierra como una poderosa madre, y que allí la maternidad ha sido celebrada como en ninguna parte con la maravillosa invención de las matrioshkas, símbolo de la insondable pluralidad femenina y de su fertilidad.

“Uno sólo ama lo que puede perder”, afirma un diálogo de Solaris que recordé cuando las luces de la ciudad desaparecían entre la bruma. Imaginé por minutos que estaba en una nave espacial donde se encarnan los deseos como en el grandioso film, que todos mis seres queridos ya muertos comenzaban a ocupar las sillas del avión.

Aterricé en Madrid una candente tarde y como había concertado días atrás una cita con una amiga fotógrafa en la Calle de los Cuchilleros, luego de un cochinillo al horno, y con mi equipaje a cuestas, tomé el tren de alta velocidad –que por brillantez es llamado AVE– con destino a Sevilla. Y al día siguiente obedeciendo una sucesión de incidentes mágicos, arribé al hermoso pueblo de Ronda, al hotel Reina Victoria.

En este indescriptible lugar había vivido Rainer Maria Rilke y por todas partes había signos de su presencia ya centenaria. Por azar objetivo, como llamaban los surrealistas a toda coincidencia esencial, el administrador comentó sin motivo alguno que mi habitación era la contigua a un museo que existió allí en honor al poeta alemán, donde él viviera tres meses. Le pregunté si era posible cambiarla. El hombre se resistió por unos minutos pero al mostrarle uno de mis poemarios y amenazándolo con leer logré persuadirlo.

Me hospedé entonces en la pequeña y sagrada habitación 202. Recordé que Rilke amó Rusia y visitó España en busca de su misticismo, tras las huellas de El Greco, cuyo emblemático “Pedro y Pablo” había visto dos días antes en el Hermitage.

Busqué en Internet una fotografía que me describiera la distribución de la alcoba en los tiempos que albergó al genio alemán, atormentado por un eclipse poético que ante el poder de ese paisaje andaluz se disiparía. Sabía para mi estupor que entre el 6 y el 14 de enero de 1912 él estuvo encerrado en esa misma habitación escribiendo la “Sexta elegía de Duino” y la desolada “Trilogía española”, que culmina con un verso radiante: “La muerte entonces hallaría su sitio más puro”.

Salí al balcón desde donde se divisan diez cadenas montañosas (las conté varias veces ante mi incredulidad): contemplaba lo eterno. Y en esa terraza de la mítica habitación, sentado en una silla que movía como el Principito para perseguir el ocaso, observando aquel profundo horizonte, aquella biblioteca geológica –porque desde allí el mundo se contempla desde una altura celeste–, evoqué al poeta alemán: “Durante toda mi vida he buscado el pueblo perfecto y lo encontré en Ronda”.

Admiré ese día un atardecer de dos horas –tengo testigos– y vi un avión que tardó 25 minutos en desaparecer, y que se asemejaba en mi interior a uno de esos ángeles de Rilke, a uno de esos “pájaros del alma”.

Después del impresionante drama cósmico, leí en voz alta la “Trilogía”, perpetrada allí mismo, y abriendo mi libreta verde de escolar comencé a invocar estas palabras, que no son otra cosa que una acción de gracias a la poesía, a la poesía que sólo los seres excepcionales logran conjuntar con su existencia.

“De esa nube que oculta ferozmente la estrella que justo ahí estaba (y de mí)… De tantos niños ebrios de sueño en un extraño pecho (y de mí)… Del río en el abismo del tajo que apresa el cielo desgarrado (y de mí), de mí...”

Sentí durante tres noches el eco de Rilke y luego regresé a la ciudad del miedo.

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